viernes, 26 de febrero de 2010

El Entierro de Caín en el Paraíso (Fragmento) Novela Escrita por José Luis Claros López


A las seis Isabel sabía en su interior que él no llegaría, durante el desayuno del domingo su madre le dio la noticia y mientras la escuchaba ella realizó un esfuerzo increíble para no llorar, después escapó de su casa de la misma forma que Rodrigo utilizaba, para encontrarse con ella, camino por las calles de tierra llena de lodazales luego de la tormenta de la noche anterior para luego convertirse aquella mañana de domingo en la primera mujer después del escándalo que sucedió en el carnaval del año anterior en pisar el interior de aquel billar, sorprendiendo al Profe realizando una labor que para ella parecía cotidiana pero que ese hombre no realizaba desde el 6 de marzo de muchos años antes, cuando contrató a un niño llamado Rodrigo para que se encargue de mantener limpio el salón, luego ella observó sobre una mesa verde escrito con grandes letras de molde el cartel preparado la noche anterior que simplemente decía “NECESITO EMPLEADO”. Agarrando todavía la escoba el Profe miró a la mujer que invadió el salón es bonita pensó, como Maria, la hija de un vendedor de libros al otro lado del mar océano con la que compartió una noche de amor dos días antes de escapar de Cataluña por sus ideas anarquistas y por sobre todo debido a la represión que siguió a una huelga de obreros metalúrgicos en la que se vio involucrado, para luego de una temporada en Montevideo y otra en Embarcación terminar en Yacuiba, sin mas pertenencias que la ropa que llevaba encima, una pipa de marino y una copia rustica de una edición clandestina de los escritos de un ruso llamado Mijail Bakunin; que después de leer una y otra ves, durante casi seis décadas fueron colocadas junto a su pipa y una moneda uruguaya tal como fue su última voluntad en el interior de una caja de madera que fue depositada sobre su ataúd al momento de ser enterrado y sin que ninguno de los presentes durante el funeral supieran que su último recuerdo en esta tierra fue de la hermosa Maria Castellar, aceptando que sus labios se buscaban, permitiendo que su mano la explore lenta y suavemente – era en el cuarto del padre de Maria – como sus cuerpos se unieron en uno sólo mientras él no dejaba de hablar sobre la revolución y de que más allá de que pareciera complejo había que saber esperar el momento apropiado para poner fin a la burguesía, ella solo deseaba estar con él y escuchaba, la recordaría también por aquel instante por la forma rítmica en que su cuerpo tembló por un momento mientras ella decía con todo ese amor que explotaba en su interior que él era el primero que la tocaba de esa manera, él también la escuchaba y entonces beso sus ojos, su frente y luego acarició aquellos pechos firmes como montañas que se atrevió a conquistar, la pasión del abrazo, los juegos de la lengua besos largos con los que se robaban mutuamente el aire la sentía suspirar cuando se introdujo nuevamente dentro de ella con una sensación que se expande conforme se están fundiendo ella se quemaba desde adentro mientras, era la cama de su padre, él hablaba del fuego de una revolución que se aproximaba, ella dijo que lo amaba y él hablo de la libertad, mientras sin insistencia llegaba con suavidad a todas partes y el calor en sus cuerpos sudados se expandía por toda la habitación; días después un océano los separaba, lejos, demasiado lejos nunca más se volverían a encontrar, pero sin embargo él la recordará a ella incluso hasta en el momento de su muerte con la tristeza de que fue la única mujer de la que no se pudo despedir y ella lo recordará a él como el hombre que luego de entrar en su vida no se despidió.
—        ¿para donde lo llevaron? — preguntó y en ese momento le pareció de mal gusto la manera en que ese hombre miraba su rostro, como si ella le recordara una cara conocida.
—        ¿no dijeron nada? — continuó.
El Profe se encogió de hombros mientras negaba con la cabeza.
—        No señorita, pero quizás él pueda decirle algo.
En aquel momento Gabriel entraba al salón.

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