sábado, 15 de julio de 2017 18:24

LA SILENTE DAMA Por José Luis Claros López

LA SILENTE DAMA
Por José Luis Claros López

Era un domingo por la tarde. Ella permanece sentada en la esquina de la cama respirando profunda y pausadamente, lleva un vestido negro, su cabello recogido, la falda corta deja al descubierto sus torneadas piernas envueltas por unas medias de nylon negro sobre las cuales al costado está dibujada una sensual serpiente que sube hasta sus muslos, su espectacular belleza reposa sobre tacones de punta, ella sonríe invitándole con cada pícaro movimiento de sus dientes apretándose sus propios labios, a que imagine de qué color eran sus bragas y el brasier con motivos florales bordados sobre tul que con celos esconden su intimidad. Él nota contemplándola, que su piel y su pensamiento son estremecidos por el deseo provocado por aquella silente dama que sin decirle todavía ni una palabra estaba invitándole a ir con ella por un tortuoso camino rumbo al amor. A ella le gustaba ser tan complaciente con él. Aquel hombre causaba en ella un éxtasis inimaginable sobre todo cuando sus dedos empezaban a explorarla abriéndole las piernas sin compasión con una calma propia de una tormenta mientras pensaba en esas cosas, seguía sentada en el borde de la cama disfrutando plenamente del momento.

Cálidas sensaciones hicieron que aquella soporífera tarde de domingo sea más llevadera desde aquel momento cuando él sin avisar la cogió por sus caderas, ella incorporándose le rodeo románticamente su cuello con sus brazos, mientras él la guiaba por la habitación acompañados por una sinfonía de jadeos y suspiros acorralándola contra la pared; besos apasionados se sucedieron hasta dejarse mutuamente sin respiración, ella se dejaba llevar, rindiéndose a las caricias atrevidas con las cuales experimentaba una sobredosis de pasión, las bragas que llevaba puesta empezaron a deslizarse por entre sus piernas hasta caer al suelo y empezó a sentir entonces sus tiernas embestidas que la humedecían cada vez más; tras varios minutos ella le pidió sin dejar de jadear placenteramente que la deje respirar un poco, su vestido estaba empapado en sudor. Apenas habían comenzado, se miraban a los ojos, mientras se desnudaban, al final se recostaron en el piso donde las ropas tendidas hicieron de sabanas, él con frenesí le levanto las piernas colocándola sobre sus hombros, sus corazones latían más de prisa. Ella sentía ser oprimida por su cintura, que sus pezones erizados, querían seguir repitiendo aquellas sensaciones mientras experimentaba fascinada la manera deliciosa con la cual sus dedos eran besados seguido de gemidos erotizantes y sonrisas placenteras en una dulce armonía, un beso placentero y eterno en la boca. Pero mágicamente los minutos no se suceden, parecía ser una tarde de domingo cualquiera, en realidad es una de aquellas tardes que jamás pueden ser olvidadas.


Ella entonces abrió los ojos. Delante sólo un espejo. Era una fría tarde de un domingo de invierno, sin embargo ella no sentía frío porque ardía con el calor provocado con la evocación de aquel placentero momento, volvió a cerrar los ojos, sus manos acariciaban su cuerpo complaciéndose a sí misma, sintiendo cómo sí fuese real el momento cuando le mordían la comisura de sus labios tentándola para que despertase, todo en ella se fue tensando excitada imaginando saborear nuevamente la liberación de un orgasmo delicioso que irrigaba de placer todo su cuerpo. En esos momentos de tanta excitación sonó su celular, era la alarma, tenía que ir a la Misa Dominical de las siete de la noche. Estaba roja como un tomate y respiro profundamente durante un par de minutos para serenarse, luego se levanto rápido rumbo a la ducha, varios minutos después ya estaba en camino a la Iglesia. Al salir, él se le acercó y ella no dijo nada permaneció callada, caminaron en silencio sin decir ninguna palabra por las calles desiertas de una noche invernal acompañándose mutuamente luego fue la despedida inevitable, pero ella recordó aquella tarde de domingo cuando ambos fueron amantes  y por eso le beso con cariño sus mejillas, después abrió la puerta pero sintió cómo él tomándola de la cintura intento susurrarle algo al oído pero prefirió morderle la oreja con ternura, era el inicio apasionado de otra historia.

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