domingo, 4 de julio de 2010 19:56

Las cartas de Julio Cortazar

Las cartas de Julio Cortázar

París era una fiesta

La correspondencia que mantuvo con su amigo Eduardo Jonquières, en sus primeros años en Europa, mezcla sus avatares parisinos, sus apreciaciones estéticas y la crónica de una época.

Por: Alvaro Abos
JOVEN REBELDE. Cortázar conoció a Jonquieres en el MAriano Acosta.
Aurora Bernárdez, la albacea y alguna vez esposa de Julio Cortázar (1914-1984) sigue sacando conejos del aparentemente infinito baúl cortazariano. Han pasado ya veintiséis años desde que murió el Gran Cronopio y, si este ritmo sigue, pronto será mayor la obra póstuma de Julio que la publicada en vida. Llega a las librerías un jugoso tomo de unas seiscientas páginas: Cartas a los Jonquières reúne más de cien cartas (algunas larguísimas, otras breves y hay incluso algunas postales) que Cortázar envió a Eduardo Jonquières (1918-2000), poeta y pintor que fue su amigo desde que ambos fueron alumnos de la Escuela Normal Mariano Acosta.

A diferencia del anterior libro póstumo, Papeles inesperados (2009), que recurría a la miscelánea, Aurora Bernández y su colaborador Carles Alvarez Garriga, entregan un tomo intensamente unitario a pesar de que las cartas que lo componen fueron escritas en un arco de más de treinta años.

Entre 1928 y 1935 Julio Florencio Cortázar estudió para maestro y profesor de literatura en el Normal de la calle Urquiza. Al hacer sus prácticas con los alumnos menores, Cortázar lo conoció a Jonquières. El interés por la literatura, la pintura y la música unió a cuatro muchachos: Julio, Jorge D'Urbano Viau, que luego sería un importante crítico musical, Eduardo Castagnino, y Francisco Reta. Trabajos de ellos aparecieron en Addenda, la revista del colegio, dirigida por otro estudiante, Abel Santa Cruz, luego célebre escritor de folletines radiales y televisivos.

Estos jóvenes rebeldes del grupo que integraba Cortázar abominaban de profesores y autoridades de la entonces ya algo vetusta Escuela Normal Mariano Acosta, fundada en 1874 por Domingo Faustino Sarmiento. Solían reunirse para despuntar sus rebeldías en bares del viejo barrio del Once. Organizaban peñas como La Guarida, que funcionaba en un sótano de la avenida Rivadavia. El nombre ya mostraba el cariz de las actividades que allí se cocinaban: charlas, conferencias y debates que los muchachos vivían como forma de resistencia cultural a la chatura de la época y a los prejuicios reinantes. Algunos profesores del Normal se salvaban de la crítica feroz de los jóvenes: por ejemplo, Arturo Marasso o Vicente Fatone, aunque en las cartas a Jonquières hay alguna alusión decepcionada sobre Fatone.

Una vez graduado, Cortázar trabajó como profesor en colegios secundarios de Bolívar y Chivilcoy, y en la universidad de Mendoza. Tras obtener un título como traductor público nacional se desempeñó en la agencia Havas y más tarde como gerente de la Cámara Argentina del Libro. Hasta que en 1951 y tras algún viaje exploratorio, se va del país y se establece en París, aunque volvió de visita muchas veces, para visitar a su madre, doña María Herminia Descotte, quien habría de sobrevivirlo. Los que van de 1935 hasta 1951 fueron para Cortázar años de intensa búsqueda literaria. Escribió mucho y también rompió mucho. Publicó no poco, desde el que quizás fue su primer poema, en la susodicha Addenda, (una elegía titulada "Bruma", que comienza con estos exaltados versos: "Buscar lo remoto con férvidas ansias/ y en limbos extraños hundir obstinado el deseo") hasta el ya consagratorio Bestiario que publica en Buenos Aires, casi simultáneamente con su partida a Europa, la Editorial Sudamericana.

Quiere la leyenda –en parte creada por el propio escritor– que Cortázar fuera un joven solitario ensimismado en la lectura. La realidad es que siempre vivió rodeado de amigos. En aquellos años, además de Jonquières, Reta y D'Urbano, algunos de ellos fueron Daniel Devoto, poeta, musicólogo, legendario coleccionista de libros, que también se instaló en París; Damián Carlos Bayón, poeta, crítico de arte y narrador, asimismo itinerante; el editor Luis Baudizzone; el ensayista Alberto Salas. También, el extraño e imprecisable Fredi Guthmann, millonario, aventurero, poeta e indagador de experiencias místico-orientales. En esta variada galería humana debe destacarse la figura de Francisco Reta, con el que Cortázar hizo largos viajes por el interior de la Argentina, y cuya muerte en 1942 –Cortázar lo asistió en sus últimos días– desoló a Julio, e instaló a la muerte como experiencia humana central de tantas de sus ficciones, en especial "Ahí, pero dónde, cómo...", un cuento que ficcionaliza el fallecimiento de Reta. Si Reta fue el gran amigo tempranamente muerto, Jonquières fue el amigo siempre vivo: Jonquières ayudó a Cortázar en tantos momentos malos.

Jonquières escribió poemas durante toda su vida: volúmenes delgados con títulos que ilustran sobre su contenido: Permanencia del ser, Crecimiento del día, Zona árida, libros que le ganaron un lugar en la llamada Generación del 40. Son poetas neorrománticos proclives a la efusión lírica. Entre ellos hay por lo menos dos grandes poetas: Enrique Molina y Olga Orozco. Desde muy joven, Jonquières también pintó y sus cuadros, abstractos, exploraciones en formas geométricas, pueden verse hoy en algunos museos: por ejemplo, el Eduardo Sívori. Muy joven, Jonquières se casó con la grabadora María Rocchi y tuvieron varios hijos. La familia Jonquières vivía en Ocampo 3005, casa en la que se realizaban frecuentes reuniones amistosas. En Cartas a los Jonquières, mientras comenta sus avatares parisinos, Cortázar evoca con ternura el calor familiar que transmitían la pareja y los chicos. Quizás por eso los compiladores han preferido el plural en el título: María Rocchi es una interlocutora siempre presente en las cartas y a veces Julio le dedica párrafos especiales. Lo mismo sucede con los niños: Maricló, Albertito, Maríasandra, y la menor, Valeria, a quienes Cortázar, atento a sus juegos y aprendizajes, y a la manera de un tío amoroso, les dedica poemas o comenta sus fotos.

El principio de todo

Así pues, la Escuela Normal Mariano Acosta está en el origen de este libro, porque en ella nació todo. Es sabido que Cortázar no idealizó su adolescencia y cuando se refirió a ella y al tiempo en el cual transcurrió, fue en términos muy críticos. Sobre este libro planea la sombra del Mariano Acosta. Mientras leía las Cartas a los Jonquiéres mi memoria no podía desprenderse del cuento "La escuela de noche", que con la apariencia de una historia de fantasmas a lo Henry James narra la aventura de dos alumnos, Nito y Toto, que se meten una noche en el viejo edificio para ver cómo es la escuela cuando los chicos se han ido. Y allí descubren un universo horroroso que parece imaginado por un doctor Menguele. La virtuosa sede del laicismo sarmientino se transmuta en un círculo del infierno: torturas, sadomasoquismo y otras perversiones. Semejante escenario fantasmagórico se puebla con alusiones a la realidad diurna. Porque uno de los dos chicos entiende rápidamente las reglas que rigen el horror: los audaces exploradores deben callar lo que han visto. El silencio es el precio de la supervivencia. En la paleta de Cortázar, el uso virtuoso de la ambigüedad (¿qué es real? ¿qué es inventado?) dispara múltiples aproximaciones. La ciudad cordial de la adolescencia cortazariana albergaba crueldades, prejuicios, autoritarismo, cerrazón mental e hipocresía. La Escuela Normal (en alguna entrevista, Cortázar la llamó la "escuela (a)normal") que el imaginario argentino quiere paradigma de una pedagogía democrática, contenía el huevo de una envenenada serpiente.

Contra ese universo falso y denigratorio, Cortázar, en la ficción y en la vida, opuso las fuerzas contrarias: el arte y la amistad entre iguales, el amor y el respeto. "La escuela de noche" integra el último libro de cuentos que Cortázar publicó en vida: Deshoras, aparecido en 1983, es decir menos de un año antes de su muerte. Ha pasado medio siglo desde que el larguirucho Julio Cortázar fatigaba las aulas del Mariano Acosta. Y en ese medio siglo, las heridas no sólo no se han atenuado sino que se despliegan con fuerza cada vez más inaudita.

Cartas a los Jonquiéres tiene una unidad y un desarrollo dramático raro en las recopilaciones epistolares. ¿Cuál es el eje del libro? ¿De qué trata? Su tema aparente son las peripecias de un joven escritor argentino que con 34 años y una prometedora pero aún corta trayectoria literaria se traslada a vivir a París. En las cartas, Cortázar le cuenta detalladamente al amigo sus derivas domiciliarias, sus problemas laborales y económicos, pero también el detalle de su descubrimiento de París, la crónica de la vida cultural francesa, de los personajes que conoce. Lo que escribe, lo que publica, sus afanes de escritor aún no reconocido, su lucha contra la opacidad del mundo que lo ignora. Cortázar, acompañado de Aurora, viaja febrilmente –uno de los propósitos del traslado a París era precisamente viajar– y cada viaje, ya sea por vacaciones o por trabajo, es detalladamente relatado en las cartas. Así el libro es crónica viajera de ciudades, comarcas de Italia, Suiza, Bélgica, España y otros rincones del mundo. Todo con el inconfundible tono cortazariano: la prosa juguetona, los sobrentendidos culteranos alternando con referencias cotidianas o banales, el humorismo zumbón y esa prodigiosa capacidad para cambiar los ritmos de la escritura, pasando del humor liviano a la epifanía dramática, de la poesía al chiste. Podría llamarse a esto la "retórica cortázar", y hará las delicias de quienes la aman, o aburrirá una vez más a quienes la odian. O nos deleitará y nos aburrirá a la vez a algunos lectores que llevamos toda nuestra vida alimentándonos de estos manjares.

¿Es Cartas a los Jonquiéres, pues, más de la misma sopa cortazariana? En parte sí, porque muchas de las páginas nos traen el aroma inconfundible de otras prosas del autor. Ello es inevitable pues Cortázar hizo de la escritura de cartas un diario de vida y también un bastidor en el cual adelantó sus temas y su estilo, un borrador infinito en el que ensayaba su mundo narrativo y poético. Cortazarismo puro, o retórica cortazariana, sí. Pero también otra cosa.

Porque debajo de tanto chiste, de tanto París en zapatillas, de tanta peripecia sobre el artista pobre y sus estrategias para sobrevivir junto al Sena, crece otro tema, mucho más denso. El libro presenta a dos hombres maduros, a dos artistas en la plenitud de sus vidas, enfrentados a una encrucijada esencial. Son, además, dos argentinos, es decir dos personas frustradas, víctimas de un país que los rechaza y los aplasta, y que podría devorarlos si no luchan desesperadamente por subsistir.

En este punto debe señalarse que consciente o inconscientemente los curadores han dado en el blanco al publicar sólo las cartas de Cortázar (según el prologuista Alvarez, las cartas de Jonquières se perdieron) ¿Qué le constesta Jonquières a Cortázar? No lo sabemos y esa ausencia es un recurso dramático extraordinario. Porque hay que recalcarlo, las cartas de Cortázar a su amigo no son el discurso ególatra de un busto parlante. Todo lo contrario. Cortázar se comunica con Jonquières y si bien buena parte de las cartas cuentan lo que le pasa a Cortázar, con frecuencia él quiere saber lo que le pasa a Jonquières, y esa vida, ese relato que no conocemos, que sólo podemos adivinar a través de sus ecos en el corresponsal que escribe desde París, es largamente comentada por Cortázar. Hay en el libro minuciosos comentarios cortazarianos a los libros de Jonquières. El libro es también un ensayo crítico sobre la poesía de Jonquières.

Cortázar es muy púdico y el libro en realidad habla más de la intimidad de Jonquières que de la intimidad de Cortázar. Llega un momento en que ese diálogo, del cual el lector sólo conoce una mitad aunque puede adivinar o imaginar la otra mitad, adquiere una densidad explosiva. El prologuista Alvarez Garriga se da cuenta, pero atribuye la tensión entre ambos corresponsales a una diferencia de caracteres, pues Jonquières era un"chinchudo". Hay otras cosas. Muchas otras. Porque esos dos hombres, en la cuarentena, en un país que los frustra, tienen que decidir su vida. Esa discusión tiene que ver con el dilema entre irse o quedarse. Y, ¿qué hombre o mujer argentinos, en las últimas generaciones, no ha vivido ese dilema? Tras no pocas vacilaciones y dramáticos desgarramientos Cortázar decide partir en 1951. Jonquières lo hará en 1959.

Hay en este libro una carta extraordinaria. Está fechada el 27 de agosto de 1955. Jonquières, aplastado por la chatura y mediocridad de la Argentina que ya había expulsado a Cortázar, no sabe si seguir en la dura faena del arte, o renunciar, venderse. A diferencia de Cortázar, que permaneció soltero y sólo se casó con Aurora en París, Jonquières ha formado una familia y tiene que mantenerla. ¿Qué hacer? ¿Dar carpetazo al país paralizante o rendirse a las mil coartadas que justifican la derrota? Cortázar trata de señalarle al amigo que no es necesario tirar a la basura los afectos, esos que Cortázar tanto ve en Jonquières y que tanto ama. En dicha dramática carta, Cortázar vapulea a su amigo, le marca todas las debilidades y renuncios que desde París, Cortázar ve en Jonquières, y finalmente, le explica al amigo la necesidad que un artista tiene de mirar a fondo en su propio ser y, si es un artista verdadero, sacrificar todo por su arte. Y le explica cuál es para él la mejor manera de hacerlo: "Al mundo no hay que resistirle, lo que hay que hacer es elegir bien el mundo que uno prefiera y al cual hay que darse; y a ese, ah, a ese hay que darse a fondo, como cuando se nada, se duerme o se quiere".

Hubieran bastado esas páginas, quizás esa frase, para que este libro nos devuelva una vez más a un escritor que siempre ilumina. Y el festín sigue.

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