lunes, 16 de abril de 2012 18:33

EL ÚLTIMO OTOÑO DEL CORONEL por José Luis Claros López

El último otoño del Coronel
(Capítulo I)
Por José Luis Claros López

Es el otoño de 1849, el último otoño de la vida del Coronel José Eustaquio Méndez. Bolivia es gobernada desde Diciembre de 1848 por Manuel Isidoro Belzú que derroto en los campos de Yamparáez después de reñida batalla al General Velasco su derrota de Velasco significa el final de su Presidencia y el comienzo de la era de Belzú, pasan los primeros meses de 1849 tiempo en el cual Belzú el “León del Norte” como le gustaba ser llamado en las crónicas de la prensa de aquellos tiempos violentos, parece no gobernar Bolivia sino mandarla, un tiempo de barbarie, de brutalidad en que no se respetaban instituciones, la justicia estaba obedecía las órdenes del Presidente que no dudaba en mandar al destierro a todos los opositores a su régimen, pero el pueblo lo exaltaba hasta el delirio, con el apoyo de las masas encabezaba un “gobierno del pueblo” enemigo de la oligarquía nacional y de las familias aristocráticas que lo repudiaban, pero el pueblo, las grandes mayorías nacionales formadas por los campesinos y las clases populares de los centros urbanos lo apoyan sin dudar, incluso por defender en las calles ese régimen no dudaban en tomar la justicia por sus manos, saqueando desde las camas hasta la madera de las puertas de las casas de sus enemigos, quemando las propiedades de los opositores, ahogando en sangre los intentos de revueltas que perseguían derrocar a Belzú. Las grandes mayorías nacionales, estaban cansadas de sus anteriores gobernantes que nunca pensaron en las necesidades básicas del pueblo y de la nación boliviana, cada día que pasaba las fronteras se llenaban con los ciudadanos de la república que corren para salvarse del terror que produce ser castigado por el solo hecho de pensar diferente o de ser sorprendido hablando mal para el Presidente, la única escapatoria es el exilio voluntario, la justicia no existe y los militares juran lealtad al gobierno sobre todo porque Belzú entre sus primeros actos a elevado de rango a toda la oficialidad que le apoyo para llegar al poder, sin embargo así como los más ricos lo insultan por lo bajo expresando con temor su desprecio, los pobres del país llenan las calles y las plazas de las ciudades que visita, para estar cerca al hombre que por vez primera los escucha y camina con ellos mientras en cada plaza repite un discurso encendido gritando ante multitudes que lo vitorean mientras Belzú les recuerda que sus opresores les explotaban con el trabajo a costa de sus miserias, así que ahora les dice que todo lo que tenían aquellos caballeros le pertenecía únicamente al pueblo por ser el fruto de sus fatigas, los pobres lloran en las plazas al escuchar al Presidente que les explicaba con palabras sencillas que la riqueza de los más ricos de Bolivia era en realidad un robo que les habían hecho a ellos. El congreso ya no decide nada, todo lo decide Belzú y la prensa todavía existe porque Belzú la deja existir para exaltar el instinto de las masas sosteniendo que la política presidencial estaba practicando la justicia social dándole al pueblo participación directa en los negocios del Estado, esa misma prensa que tenía prohibida por decreto mencionar los nombres de los anteriores presidentes, porque ahora solo existía Belzú y solo Belzú debe ser nombrado, cada día durante su gobierno realiza lo necesario para que la gente humilde del pueblo no le abandone porque sabe que sin el apoyo del pueblo su gobierno se desmoronaría por eso no daba discursos desde balcones, sino que se bajaba de los podios para caminar codo a codo con el pueblo, estrechar las manos de todos, comer la misma comida de los soldados, reír de las ocurrencias de la gente humilde y regalar los bienes del estado o distribuir el de los opositores. Se gana de aquella forma el cariño y el respeto del pueblo sin construir nada, sin pensar en el futuro, sin planificar el desarrollo, creyendo ser el creador de la democracia boliviana por permitir a su lado hombres de poncho y de chaqueta. Pero al otro lado de la frontera los exiliados conspiran, es así que llegan los días del otoño de 1849 el General Velasco decide organizar un ejército con el objetivo de cobrar venganza y derrocar a Belzú, con sus tropas entonces cruza la frontera llega hasta Tarija y se prepara desde aquel punto estratégico para realizar una mayor campaña contra el ejército, sin embargo el General Agreda que comanda las fuerzas que toman la ciudad de Tarija mientras reciben informes que dan cuenta que José Eustaquio el viejo Coronel a salido de su retiro, para organizar la defensa del gobierno de Belzú en el sur del país. Así transcurren los últimos días de abril de aquel año de 1849, el Coronel solo tiene que llamar una vez y comienzan a llegar a su cuartel de San Lorenzo sus siempre fieles jinetes, sus compañeros de armas de los años de las guerrillas por la independencia, sus bravos que lo siguieran hasta el otro lado de la frontera cuando la invasión argentina. El Coronel rápidamente organiza sus fuerzas, mientras espera la llega de más hombres provenientes de todos los rincones del valle. Pero mientras eso sucede a varios kilómetros en Tarija, el General Agreda ordena entonces a uno de sus oficiales, preparar un ataque con dos escuadrones de Caballería y tomar prisionero al Coronel. Saben que no podrían hacer cambiar de opinión a José Eustaquio que desde los primeros momentos abraza la causa de Belzú como una causa justa, porque según el mismo Belzú dice su causa es la de dar justicia para el pueblo, darle lo que tantos años de mal gobierno le quitaron, devolverle la dignidad a los humildes. Sin saber que a Belzú lo único que le importaba era permanecer en el poder por siempre, José Eustaquio cree sus promesas y organiza sus hombres para defenderle, preparándose a recibir la llegada de más jinetes para tener una fuerza superior y derrotar él mismo a las tropas que tomaron Tarija, José Eustaquio permanece a las alturas de Santa Bárbara cerca de San Lorenzo. Rosendi avanza con sus tropas y sorprende al Coronel, enfrentándose sus tropas en un combate que solo dura un momento, ante la superioridad numérica. El Coronel ordena entonces a sus hombres retroceder para reagruparse, todos cumplen con su orden, pero él decide permanecer al final de la columna que retrocede para garantizar con su presencia en el lugar más peligroso una retirada ordenada, sin embargo los acontecimientos se precipitan, la retirada no es rápida ni tampoco es ordenada, Rosendi llega a estar casi frente a él y le ordena que se rinda, el Coronel da vuelta su caballo para ver el rostro del hombre que se atreve a insultarlo al proponerle que se rinda y le grita que no él no se rinde, que la que se rinda sea su abuela y estira las riendas de su caballo que se levanta haciéndole ver a su jinete como si fuese un gigante frente a los ojos de los hombres que le persiguen.      

Después de gritarles su atrevida y desafiante respuesta clavó las espuelas sobre su caballo sujetando con su mano firmemente las riendas, ahora el corcel aumenta su galope, metiéndose de golpe al bosque que bordea el camino levantando a su paso a la misma vez tanto el polvo como las hojas que cayeron por el otoño, pero Rosendi que ahora está cada vez más cerca[1] no deja de perseguirlo, mientras los caballos del resto de su tropa van dejando por detrás durante la persecución una polvareda que se levanta hasta hacer el campo visual tan impenetrable como si la niebla más tenebrosa hubiera llegado, es en aquel momento al estar solo a unos cuantos metros que sacan sus armas y comienzan a disparar. Él continua cabalgando intentando alejarse de la tropa que lo perseguía para capturarlo, sin saber que su buena estrella, esa estrella que durante tantas jornadas de gloria lo protegió contra todo mal convirtiéndolo en una leyenda ya había empezado a morir en el cielo, como un eco interminable tres disparos finales resonaron, José Eustaquio apretó los dientes al sentir el ardor de la bala en su espalda mientras comprendía que tal vez este sea el final de su camino. Entonces sintió como sus fuerzas se le desvanecían, cerró los ojos y por un instante recordó una imagen del último otoño, la sensación agradable de tranquilidad que le producía ver las hojas que caían del viejo árbol de su patio por culpa de la brisa del viento cuando él se acercaba para tomar agua fresca del pozo. El caballo que montaba siguió dando algunos pasos desorientado entre los churquis mientras el cuerpo de aquel gigante todavía sostenía sus riendas. Sin embargo el dolor de la herida le va produciendo una sensación de desvanecimiento hasta que al final él lentamente se fue desplomando hasta caer del caballo, el golpe fue demasiado fuerte y su rostro quedo por un momento pegado a esa tierra que había querido tanto hasta el punto de jugarse la vida por ella luchando por el ideal supremo de la libertad, desde las alturas sus montoneros muertos en jornadas de gloria junto con otros de sus compañeros de aventura de su tiempo contemplaban en silencio la escena que se sucedía sobre la tierra; pero José Eustaquio todavía no muere, los hombres valientes se aferran a la vida porque la vida es todo, nuevamente desde las alturas sus bravos montoneros por vez primera lloran, saben que aquella traicionera herida terminara con la vida del héroe de tantas jornadas de victoria, el “invencible que había desafiado impávido a la muerte en cien combates, el caudillo indómito que jalonara la gloria en hazañas de heroísmo temerario”[2] pero ellos tan valientes como él están lejos, demasiado lejos reunidos todos solo contemplan en silencio el desenlace de la historia y ahí están el hijo de Cipriano, Ramón Rojas y también su sobrino Manuel Rojas, como también están Francisco Pérez de Uriondo, José Ignacio Mendieta, Clodomiro León, Matías Guerrero, Juan Esteban Garay, Martin Espinoza, Francisco Guerrero y tantos otros que desde las alturas de la gloria en un lugar lleno de luz contemplan en silencio la escena que se sucede sobre la tierra y solo pueden hacer eso, observar con los ojos empañados de lagrimas, unas lagrimas de profunda pena que no dejaron salir de sus ojos ni cuando agonizaban sobre la tierra húmeda de sangre donde habían combatido hasta ser encontrados por la muerte que por fin los alcanzaba mientras combatían por sus ideales en contra de las huestes del Rey Fernando VII, es inevitable ahora están tristes por la pena, porque se les está muriendo José Eustaquio y ellos no pueden hacer nada para evitarlo.

Pero José Eustaquio no se muere, porque desde algún lugar recibe la fuerza necesaria para seguir respirando y no les dará el gusto a sus asesinos de morirse rápido por la herida que lo desangra después del balazo recibido por su espalda, en aquel instante sabe que solo quiere levantarse ponerse de pie y esperarles, para entonces desafiarles a que sus asesinos le den el balazo final mirándole a la cara, si es que aquellos cobardes tienen el valor de hacerlo. Entonces los caballos de los perseguidores van reduciendo su galope y se acercan al lugar donde había caído el gigante de la Tablada, Rosendi desmonta y todavía sostiene amenazante una de las armas de cuyo cañón se desprende aquel inevitable olor a pólvora, el ambiente ya huele a sangre, Rosendi ve al hombre intentando ponerse de pie y desenvaina su sable mientras uno de sus soldados que lo acompaña recarga rápidamente su arma con la intención esta vez de disparar de nuevo sobre José Eustaquio y terminar con la historia, Rosendi reflexiona cree que debe matarlo, pero cambia de opinión; mientras contempla satisfecho la escena, el resto de su tropa también observa como aquel hombre que hasta hace un momento permaneció tendido completamente derrotado sobre la tierra todavía respira y que no solo está intentando ponerse de pie sino que lo está logrando, los demás soldados que también participaban de la persecución conforme van llegando al lugar al ver la escena también lo comprenden, él no muere, vive y ya está de pie, mirándoles a los ojos como miran los valientes a los cobardes; sin embargo el temor no les impide continuar apuntando sus sables contra el gigante que todavía tiene la fuerza para desafiar con la mirada, pero Rosendi se complace pensando que no será por mucho tiempo. Y ordena entonces a los soldados que le acompañan que aprisionen al moribundo ante cuya figura heroica once años antes corrieran en pánico las tropas argentinas en la batalla de Montenegro, los soldados cumplen de inmediato con la orden y no tienen compasión de aquel valiente, porque habrían de tenerla es solo un hombre que ha sobrevivido pero que ya se muere, lo insultan, lo aprisionan, lo maltratan al Coronel como si se tratase de un bandolero, Rosendi ordena que lo amarren por la cintura, para luego llevarlo hasta Tarija. Al contemplar la herida en la espalda del viejo Coronel sabe que sufrirá una muerte lenta sin llegar a morir en el camino, entonces dirigiendo sus palabras al resto de la tropa les ordena, que ingresaran con él hasta la Plaza donde los espera el General Sebastián Agreda. Pretendiendo ser recibidos, como en aquellos tiempos antiguos cuando los Generales Romanos entraban a las ciudades llevando consigo no solo, los tesoros obtenidos por el saqueo a los territorios conquistados, sino también el supremo trofeo, los héroes de los pueblos vencidos tomados como prisioneros y exhibidos como la mayor prueba de la victoria. Rosendi monta rápidamente de nuevo su caballo y lo dirige con rumbo a Tarija, en el camino no deja de pensar que había conseguido lo que treinta y tres años antes ni el sanguinario Coronel José Melchor Lavín[3] había podido, pero que ahora él lo ha logrado, ha derrotado disparándole por la espalda y luego capturado a José Eustaquio.

Pero José Eustaquio, nunca permitiría que lo vean derrotado no le había dado ese gusto ni al mismísimo Brigadier José de la Serna e Hinojosa, es cierto; que su herida sangra, que los años de la primavera de su vida ya pasaron, pero su corazón es fuerte y su mirada todavía consigue inspirar el valor necesario de la gente del pueblo para realizar las más increíbles proezas a la vez que todavía tiene la fuerza para intimidar a los adversarios produciendo “el terror en el enemigo”. Así que levanta su cabeza y por un momento mira el infinito cielo azul. Algarrobos, cedros y churquis en la vereda del camino son testigos del paso lento de la comitiva, cada vez se ve más lejano en el horizonte las alturas de Santa Barbará, el lugar donde Rosendi al mando de dos escuadrones de caballería logro aprisionarlo luego de una breve persecución, José Eustaquio sigue mirando aquel tranquilo cielo luego cierra los ojos al sentir el calor del sol. Era el mismo sol de otoño que fue testigo de aquella jornada de gloria treinta y dos años y quince días antes.

Era 1817, nuestra patria grande ardía en esos momentos en un fuego devorador de macabras luchas de exterminio y de combates diarios, en que la sangre de los patriotas derramada a torrentes parecía confortar los campos de la insurrección, donde por cada cabeza caída se levantaban miles de hombres y mujeres que solo deseaban ser libres o morir para no seguir viviendo bajo un gobierno que les imponía un régimen totalitario y déspota, por los caminos colgaban de los arboles sin que nadie se atreviese a sepultarlos los que se habían atrevido a desafiar a las tropas de su Majestad el Rey de España Fernando VII, pero la pasión por la libertad es demasiado fuerte y no la pueden detener las balas ni tampoco las sogas con las que cuelgan por aquel tiempo a tantos buenos hombres, cada valle, cada montaña, cada desfiladero, cada una de las aldeas de la América Española, es una hoguera de insurrección permanente donde la libertad es la bandera, es un tiempo en el cual todavía mueren por ideales, una época de oscuridad donde los encierros en las cárceles son para siempre, pero aun así surgen de todos los rincones, hombres y mujeres valientes dispuestos a sufrir pesares inimaginables defendiendo la mayor cantidad de meses posible, cada paso de montaña, cada vuelta de un camino reteniendo y hostigando permanentemente a las tropas que se ganan con cada una de sus acciones de venganza, el desprecio de los humildes campesinos y sobre todo de los pobres que cada día son más pobres.

José Eustaquio, mientras va llegando a Tarija prisionero de Rosendi, nuevamente observara el cielo, él nunca podría olvidar que fue bajo ese mismo cielo y con ese mismo sol de otoño de testigo, cuando él a las alturas de la “Cuesta del Inca” aquel día del cuarto mes del año de 1817 se unió a las tropas regulares del Teniente Coronel Gregorio Araoz de La Madrid, enviado por el General Belgrano, hacía varios días que José Eustaquio esperaba la llegada de aquel ejército proveniente del sur y los espera comandando cien jinetes que lo acompañaron desde San Lorenzo, los españoles ni siquiera se habían enterado de la presencia de José Eustaquio y de sus jinetes en las proximidades de Tarija, luego del encuentro debió cumplir inmediatamente con la orden recibida de avanzar limpiando con sus jinetes una extensa zona, evitando así la sorpresa de posibles emboscadas, ordena a diez de sus mejores hombres el cumplir con esa misión, tomar esas precauciones era inevitable porque todos sabían que al frente tenían un adversario difícil de vencer, ese adversario era el Coronel Mateo Ramírez, responsable de dirigir la defensa de Tarija para lo cual había mandado construir incluso trincheras en los alrededores de la plaza de armas.[4]         

Al amanecer de aquel 14 de Abril de 1817, las tropas del ejército español que permanecían hasta ese momento en la primera línea de defensa de la ciudad de Tarija, informan al Coronel Mateo Ramírez sobre un avance sospechoso por el este, del ejercito que llego desde las Provincias Unidas del Río de la Plata que con seguridad está buscando un lugar donde las defensas sean más débiles y poder ingresar a la ciudad. Mateo Ramírez entonces al saber la noticia esgrime amenazante su sable y reúne a la comandancia de sus tropas para decirles entre otras cosas que “vamos a desparpajar a esos gauchos”, luego monta su caballo, blandiendo al viento todavía su sable y parte al encuentro con la historia. Mientras el resto de sus tropas en las líneas de avanzada comienzan a prepararse para ese momento ya las horas transcurren rápidamente.

Algunos de los montoneros, observan a los Realistas preparándose para presentar batalla y se lo informan a José Eustaquio quien a su vez da la novedad al Teniente Coronel La Madrid es el momento esperado, la batalla es inminente. Reúne a los oficiales y ordena el despliegue de la infantería[5] protegida por el fuego de sus dos piezas de artillería en tanto los jinetes dirigidos por José Eustaquio deberían realizar un movimiento envolvente. El Coronel Mateo Ramírez, confía el mando de cien de los Granaderos del Cuzco, al oficial Andrés de Santa Cruz quien comandaba las fuerzas que se acantonaron en el Valle de la Concepción y que se había quedado sin poder salir de Tarija en el momento que los jinetes de José Eustaquio comenzaron a cortar todas las rutas, ahora cumpliendo las ordenes que recibió temerariamente con sus hombres avanza intentando cruzar a la orilla opuesta del río Guadalquivir, cuando el fuego y la carga de los guerrilleros desconcierta por completo a sus soldados, replegándose hasta las trincheras de la ciudad. El Coronel Mateo Ramírez no esperaba un ataque tan planificado, en el momento del enfrentamiento José Eustaquio a cargado con demasiado valor produciendo muchas bajas y los primeros prisioneros, es así como resultado de las acciones de armas el Teniente Coronel La Madrid guiado por José Eustaquio que conoce como ningún otro la zona se internó por el Barrio de San Roque ocupando toda la parte alta de la ciudad hasta la loma de San Juan. Una capilla en este lugar con el mismo nombre, le serviría como su puesto de comando en las siguientes horas. Las piezas de artillería durante toda la jornada disparan sobre las posiciones de las tropas españolas, desde las primeras horas de aquel día ya los jinetes del bravo José Eustaquio cumpliendo con esfuerzo y disciplina órdenes superiores ocuparon con sus patrullas todas las salidas y puntos de acceso a Tarija, incluyendo el camino a Concepción para evitar que las tropas que desde muchos tiempo antes ya sabían estaban acantonadas en ese lugar, pudieran llegar fácilmente al auxilio del Coronel Mateo Ramírez que pretende sostener la defensa esperando esos refuerzos, al pasar de las horas le indicaran que debe rendirse pero el Coronel Mateo Ramírez con el mismo emisario envía su respuesta: “He recibido su oficio de Usted. En el que se me impone pena de ser pasado a degüello con la guarnición de mi mando, si en el término de media hora no me entrego a discreción. Los oficiales de honor sólo por tirar cuatro tiros no se entregan a discreción; lo haré solo cuando me queden veinte hombres, y estos sin municiones útiles para batirse. Dios Guarde a Usted muchos años”[6] a lo largo de la noche de aquel 14 de abril de 1817, Mateo Ramírez envía uno tras otro varios mensajeros, solicitando refuerzo a sus tropas que permanecen en Concepción y a las del General Vivero en la zona de Cinti, para que llegasen en su auxilio, pero todos los mensajeros son tomados prisioneros, el mismo Teniente Coronel Andrés de Santa Cruz intentara por diversos lugares burlar el sitio, salir de Tarija y llegar hasta Concepción donde permanecen sus soldados a la espera de sus ordenes.

Pero el ruido de los cañones, hace imposible que se guarde por demasiado tiempo el secreto de lo que sucede alrededor de Tarija y desde Concepción las tropas españolas avanzan para poner fin al sitio, los patriotas al comprender la situación, cubren puntos estratégicos para mantener el asedio sobre la ciudad, mientras La Madrid se dirige con sus soldados al encuentro con los españoles, en el amanecer de aquel 15 de Abril de 1817 mientras el Coronel Mateo Ramírez instruía rápidamente a la tropa que permanece bajo su mando que debe salir desde las trincheras del sur para poder atacar la retaguardia de las tropas del Teniente Coronel Gregorio Araoz de La Madrid quien al frente de las huestes patriotas, en los campos de la Tablada se prepara a enfrentar en combate, a los soldados españoles que llegaban para prestar auxilio a los sitiados en Tarija. Fue aquel uno de sus momentos de mayor gloria de José Eustaquio, quien dirige a los Montoneros apostados en la cuenca del Guadalquivir, quienes cargan lanza en mano sobre los “Granaderos del Cuzco” impidiendo así que las tropas del Coronel Mateo Ramírez logren salir de Tarija. Las aguas del Guadalquivir se tiñen entonces con la sangre de los españoles y de los jinetes de San Lorenzo. Mientras en los campos de la Tablada, La Madrid buscaba una posición favorable durante la batalla en espera de unos refuerzos que había solicitado a su campamento pero que no llegaban, es así como con un contingente inferior en número resistían el ataque furioso de una fuerza superior de la caballería Realista que pretende derrotarles y luego ingresar a Tarija en auxilio del Coronel Mateo Ramírez, pero La Madrid ordena que sus tropas saquen sus sables y guarden las carabinas para repeler el que anticipa será el ataque final de la caballería enemiga, era el momento definitivo en perfecta formación la caballería realista cabalga preparándose para masacrar a las tropas que intentaban presentarle batalla y fue aquel instante cuando desde la lejanía las tropas regulares al mando del Teniente Coronel Gregorio Araoz de La Madrid escuchan el ruido de otro contingente de caballería, La Madrid por un momento piensa que ha sido rodeado, pero no es así atrás de sus líneas surgen como salvadores aquellos hombres comandados por  un gigante llamado José Eustaquio, al frente de sus jinetes que acaban de derrotar a los “Granaderos del Cuzco” y ahora cabalgan rápidamente lanza en mano para llegar en auxilio de los patriotas que combaten en los campos de La Tablada, con temeraria intrepidez se arrojan sobre un enemigo superior, en cuestión de minutos arrollaron el ala izquierda de las tropas de su Majestad el Rey de España, mientras carabina a la espalda y sable en mano las tropas al mando de La Madrid atacaban el centro. Ante tanto valor, los españoles se dispersaron despavoridos. La batalla solo duro una hora, sobre un campo lleno de muertos de uno y otro bando, el Padre Agustín de La Serna, capellán de las tropas que llegaron al mando de Gregorio Araoz de La Madrid, reza por el descanso eterno de las almas de aquellos hombres que combatieron y murieron con valor. A la mitad de la tarde de aquel 15 de Abril de 1817, La Madrid junto a José Eustaquio regresaron a su campamento en el barrio de San Roque, luego dispuso mientras llegaban las últimas horas de la tarde la libertad de los prisioneros tomados en los campos de la Tablada y los remitió al cuartel del Coronel Mateo Ramírez, inmediatamente después se trasladó a la Loma de San Juan “donde estableció su puesto de Comando, utilizando para el efecto la pequeña capilla que existía en aquel lugar”[7] una vez instalado en la Loma de San Juan envió una nueva intimación de rendición a Ramírez, indicándole que “…Nunca ha sido impropio de oficiales de honor el rendirse a discreción, cuando no tienen como sostenerse ni esperanza de auxilio como Usted…” al final de la jornada la rendición fue inevitable y el acto se realiza en medio d escenas conmovedoras, casi todo el pueblo de Tarija, después de horas de angustia durante días de obligado encierro se trasladan para presenciar en el campo de las Carreras, la rendición de la guarnición española de Tarija ante las tropas patriotas en una pampa que por aquel tiempo se le conocía por ese nombre de Las Carreras entre el Hospital San Juan de Dios y la zona del Parque Bolívar. Entre los oficiales rendidos esta el Teniente Coronel Andrés de Santa Cruz, que luego de permanecer como prisionero de los Patriotas en Tarija, será trasladado hasta el Sur de la Argentina, desde donde años después escapara para regresar a Lima. Tan solo tres semanas permanecerá en Tarija, el Teniente Coronel Gregorio Araoz de La Madrid, continúa luego su marcha hacia el norte, para ese momento ya formaban parte de su tropa muchos Tarijeños. Pero José Eustaquio solo le acompañara hasta llegar a Cinti en ese lugar se despide de las tropas de La Madrid, luego regresara hasta Tarija para colaborar con Francisco Pérez de Uriondo en la defensa de la región ante posibles intentos españoles de retomar la zona. Al despedirse de La Madrid, José Eustaquio recibe un abrazo que parece ser  sincero, sin embargo La Madrid jamás reconoció que fue gracias a la participación de los montoneros que se habría podido alcanzar la victoria en aquella jornada de 15 de Abril del año de 1817.

Era la tarde del trágico día de Mayo del año de 1849, cuando las horas de vida de José Eustaquio comenzaron su cuenta regresiva, para ese momento su herida todavía no había sido atendida, pero al Coronel José Eustaquio eso no le importaba. Lo que le importaba, hasta el punto de la preocupación era que sería de la gente humilde de su pueblo de los campesinos que vivían de lo que la tierra producía y que ciegamente confiaban que tan solo él podría defenderlos de las injusticias, también pensaba que sería de sus hijos si se moría sin hacer un testamento para entregarles las pocas cosas materiales y de valor que todavía poseía el resto, lo había gastado en el sostenimiento de la causa patriota durante los años de la guerra de independencia, pero todo había sucedido tan rápido, había despertado aquella mañana de otoño pensando en otras cosas sin sospechar lo que sucedería después. Aquel era el día señalado por la muerte de su estrella para que un hombre llamado Rosendi pudiera capturarlo disparándole por la espalda. Ahora ingresaban a Tarija, mientras también de boca en boca la gente del pueblo se repartía la noticia, como las aguas del rio que no pueden ser detenidas porque habían tomado por prisionero a un gigante, la voz se corrió por todos los rincones del valle y ya para esa hora los humildes labriegos y sembradores, sabían de la desgracia pero no pueden hacer nada, mientras tanto Rosendi y sus tropas continúan avanzando por las calles y algunos ciudadanos contemplan en silencio la escena, entonces el militar se molesta no era ese el recibimiento que pretendía encontrar esperándole y mirando con desprecio a José Eustaquio reflexiona; quizás debió matarlo cuando tenía la oportunidad, porque ahora comprende que los mártires son más peligrosos que los muertos en acciones infortunadas, pero ya era tarde para cualquier reflexión, siguen avanzando y van llegando a la plaza donde Sebastián Agreda los aguarda, luego ingresan al edificio del cabildo y van buscando de forma desesperada un lugar donde poder arrojar a José Eustaquio. Después de un rato de buscar, encuentran un lugar no es un calabozo pero lo parece y arrojan a José Eustaquio en ese sitio un cuartucho sucio y mal ventilado, sin importarles ni su edad, ni su estado por culpa de la herida sufrida durante su captura y en la puerta colocaron guardias como si custodiaran a un vil delincuente. Cuando la puerta de la que será su celda las siguientes horas se cierra, él busca un lugar donde sentarse mientras al mirar esa puerta, va recordando las veces que recorrió Tarija por esas mismas calles que ha recorrido ahora como prisionero de Rosendi, también recuerda inevitablemente aquella otra entrada veintitrés años antes, el 26 de agosto de 1826 cuando sus escuadrones de jinetes entraron hasta la plaza Luis de Fuentes para unirse al pueblo que aclama su nombre, mientras sus valientes hombres llegados desde San Lorenzo y otros ciudadanos al mando del Coronel Bernardo Trigo armas en mano tomaron el cabildo y bajaron la bandera Celeste y Blanca, mientras los jinetes aprisionaban a las tropas y al gobernador Mariano Gordaliza impuesto por los argentinos, la euforia estalla en la plaza cuando ven flamear con orgullo la rojo y verde de los Bolivianos en el Cabildo, es en aquel instante que José Eustaquio es liberado después de permanecer algunas horas preso por orden de las autoridades argentinas, sin imaginar que aquella decisión les costaría desencadenar una serie de acontecimientos que concluirán con el levantamiento popular que decidió por voluntad propia que Tarija la “muy leal y fiel” declare al mundo que “preferimos desaparecer del mapa geográfico, antes de dejar de pertenecer a Bolivia”. Pero pasaron veintitrés años desde aquel día y ahora nuevamente José Eustaquio está preso esperando que sus bravos lleguen en cualquier momento desde San Lorenzo para liberarlo del terrible infortunio de morir abandonado en esa celda. 

El rumor gana las calles y el General Sebastián Agreda ordena la organización inmediata de un Consejo de Guerra, a varios kilómetros de Tarija en San Lorenzo sus valientes se preparan apenas anoticiados de lo sucedido con José Eustaquio a tomar la ciudad y combatir calle por calle hasta llegar al lugar donde lo tienen prisionero para liberarlo, lo de la organización de un Consejo de Guerra es solo una farsa necesaria para evitar que la situación se desbordara y así los criminales que lo capturasen se transforman en sus jueces. En ese lugar donde José Eustaquio es encerrado pasará la noche, conforme pasan las horas y desbaratado el intento de rescate, José Eustaquio permanece despierto esperando el amanecer y el final de aquella farsa. El 1ro de Mayo un Parte Oficial es dirigido al General José Miguel de Velasco quien es el culpable de la captura de José Eustaquio porque sin lugar a dudas él es un obstáculo para su avance desde el sur para derrocar al gobierno de Manuel Isidoro Belzú, del cual José Eustaquio es partidario igual que la gente más humilde del pueblo, en un fragmento del parte oficial indica que “…En la obstinada persecución que se le hizo, fue hecho prisionero con graves heridas el caudillo Méndez: Se creé que morirá…”[8] este parte lo firmaba el General Sebastián Agreda inmediato superior de Rosendi.

Sin poder dormir José Eustaquio comprende que ahora vive los últimos momentos del otoño final de su vida, desgarra tirones de su ropa para colocarlos con dificultad sobre la herida dejada por la bala en el lado derecho de la parte baja de su espalda, la bala sigue metida y se desangra lentamente, es el ultimo otoño del Coronel. Conforme llega el amanecer su estado empeora y luego transcurre un interminable dos de Mayo de 1849 José Eustaquio fue comprendiendo que nadie lo rescataría y su herida se agrava, para entonces las dudas se disipan la intención de sus enemigos es dejar que se muera desangrado en ese lugar. Es ante tal situación que Francisca Ruiloba de O´ Connor, consigue luego de muchas diligencias a lo largo de aquel miércoles que parecía no terminar nunca, que lleven a su amigo de tantos años el moribundo Coronel José Eustaquio hasta su casa, en ese momento a ella no le importa que permanezca él todavía bajo arresto custodiado de cerca por militares de la tropa del General Sebastián Agreda, porque aun ella tiene la esperanza que la vida del Coronel puede ser salvada pero para lograr que suceda debe ser curado de la terrible herida sufrida en el momento de su captura, el traslado al final se produce durante la noche, aprovechando la oscuridad para evitar cualquier reacción popular pero Rosendi es uno de los oficiales que se opone a que permitan tal situación, sin embargo a pesar de sus protestas no consigue impedir que se realice aquel traslado durante aquella fría noche de mayo del año de 1849, apenas recibe las primeras atenciones medicas todos comprenden que si el Coronel muere será por culpa del desangrado que produjo la herida de la bala que no fue atendida en su debido tiempo. Sin embargo José Eustaquio consigue dormir luego de permanecer horas despierto en su celda y casi no cerrar los ojos, esperando que sus valientes llegaran en su rescate desde San Lorenzo. El clima del otoño continuo imperturbable aquel jueves tres de Mayo cuando él solicita hacer su testamento. Un testamento que finaliza con la siguientes palabras: “…A los que me dicen que me deben, les perdono…Muero sin aborrecer, sin haber quitado nada a nadie… Quiero que me entierren con mi ropa overa usada en el Montenegro, y al lado de mi madre en el Panteón de San Lorenzo…”[9] van pasando los minutos y el Coronel[10] se muere, con su mano siente la fría madera de la cama donde agoniza, no es la misma sensación de familiar tranquilidad que siente cuando toca la madera del pasamanos de su angosta escalera en su vieja casa donde vivió tantos buenos y malos momentos.

Es el último día del último otoño del Coronel, al comienzo es el silencio del alba, luego el tímido sol de Mayo que sale lentamente, como si no quisiera ser testigo de la muerte de José Eustaquio, en esa hora infortunada es que pide la presencia de su confesor, que al saber el motivo de su llamado apresura su llegada es así que José Manuel Rodo le ministro los sacramentos de la extremaunción, a su alrededor ya solo esperan el desenlace de tan triste agonía que comienza por fin a la una de la tarde, para esa hora ya el Coronel ni siquiera puede articular palabras, sus ojos muy abiertos, se van quedando inmóviles, lentamente el intenso brillo de sus ojos que irradiaba valor a sus paisanos en todo momento durante las batallas de su vida esta extinguiéndose como si se tratase de una estrella fugaz que debe morir después de haber mostrado a los mortales su máximo resplandor, son las cuatro de la tarde José Eustaquio respira con dificultad, entonces sus ojos buscan un punto en el techo de la habitación y se detienen como si pudiera mirar más allá de todo lo que los mortales pueden mirar en este mundo, su mirada fijamente se concentra en ese lugar lejano en el infinito plano de la gloria de la historia, observando un sitio distante donde ya puede ver que lo esperan sus amigos de toda la vida, sus bravos y valientes quienes se fueron muriendo cuando les llego la mala hora, pero que ahora lo esperan porque saben que ya pronto él va estar con ellos, los segundos pasan, su vista está perdida en algún lugar lejano que nadie más puede ver, en las calles se pueden escuchar únicamente los murmullos de los rezos que salen de las casas implorando por el moribundo Coronel, ninguna voz se atreve a romper la mística del profundo silencio, un silencio que permite todavía al interior de la habitación escuchar el sonido de su respiración sin embargo un estertor sacude su cuerpo y produce una reacción muscular final, sus ojos se cierran muy despacio, las calles de Tarija están desiertas y apenas iluminadas por la tenue luz de los primeros faroles, en ese instante solo algo rompe aquel silencio de la soledad de palabras en el tiempo final del Coronel, es el sonido ronco de un erke distante que por culpa del silencio se lo puede llegar a escuchar en cada rincón, todos comprenden que un alma sopla en un erke una tonada triste que sobrecoge el ánimo, como si se tratase de una humilde despedida, algunos ciudadanos todavía permanecen aguardando afuera de la casa donde lo habían trasladado al moribundo Coronel, esperando con fe desde temprano que les informen de alguna buena nueva, pero sus ojos de José Eustaquio se van cerrando lentamente y ya casi no respira. El sonido de la tonada del erke profunda y triste llega hasta los oídos de José Rosendi, quien sin poder descubrir de donde proviene aquel hipnótico sonido comprende ahora que con aquel disparo a traición no mato a un hombre llamado José Eustaquio, lo que consiguió es escribir otra página de una leyenda sobre la rebeldía de un hijo de la tierra de San Lorenzo, con terror presiente que aquel trueno de la tonada del erke lo perseguirá el resto de su vida mortal, así que desea con locura se detenga ese sonido que más se parece a un lamento que retumba en las montañas y le atormenta los oídos, pero el sonido del erke que sigue sonando desde algún lugar desconocido como si surgiese del vientre de la tierra ya no se puede detener invocando al viento del sur que lo lleva por todos los rincones llamando a la tormenta, mientras por encima de la tierra el cielo lleno de nubes se va oscureciendo para luego adquirir una tonalidad roja, quienes miran el cielo en aquel instante comprenden que pronto llegarán los truenos, como también las sombras de la noche, esas nubes rojas comenzarán entonces a llorar lagrimas que son gotas de lluvia la última lluvia de aquel otoño, quienes permanecen afuera de la casa esperando las buenas nuevas que no llegarán nunca comienzan a llorar mezclándose luego las lágrimas en sus rostros con las primeras gotas de lluvia que caerán del cielo sobre la tierra para darle vida después de la muerte al campo inerte, aquella fue la mala hora cuando los ojos de José Eustaquio se cierran esta vez para siempre cuando su corazón dejó de latir, es el anochecer del viernes 4 de mayo del año de 1849.- Continuará…



[1] Pág. 56. José Eustaquio Méndez “El Moto” Historia de una Rebeldía.  Ávila del Carpio, J. Franz. Tarija, 1961.
[2] Pág. 172. Moto Méndez. El Caudillo Chapaco. Sánchez Rossel, Alberto. Tarija, 1950.
[3] El Coronel José Melchor Lavín, designado por las autoridades españolas como jefe militar de Tarija luego de la batalla en las pampas de Guerrahuaico realizada el 14 de Octubre de 1816, derrotados los patriotas el Coronel José Melchor Lavín regreso a Tarija “llevando amarradas en la cola de los caballos, las cabezas de los prisioneros que había hecho degollar en el campo de Batalla” Pág. 97. Moto Méndez. El Caudillo Chapaco. Sánchez Rossel, Alberto. Tarija, 1950.
[4] Pág. 101 - 102. Moto Méndez. El Caudillo Chapaco. Sánchez Rossel, Alberto. Tarija, 1950.
[5] Las tropas regulares del Teniente Coronel Gregorio de La Madrid estaban conformadas de la siguiente manera: 100 soldados del Primer y Segundo Regimientos de Infantería, Dos Compañías del Regimiento Nro. 9 de Milicias de Tucumán, un Escuadrón del “Húsares” y dos piezas de artillería de montaña. Pág. 99. Moto Méndez. El Caudillo Chapaco. Sánchez Rossel, Alberto. Tarija, 1950.
[6] Respuesta del Coronel Mateo Ramírez al Teniente Coronel Gregorio de La Madrid de 14 de Abril de 1817.
[7] Pág. 109. Moto Méndez. El Caudillo Chapaco. Sánchez Rossel, Alberto. Tarija, 1950.
[8] Pág. 152. Tarija y sus Valores Humanos. Tomo I. Trigo, Bernardo. Tarija. 1978.
[9] Pág. 156. Tarija y sus Valores Humanos. Tomo I. Trigo, Bernardo. Tarija. 1978.
[10] José Eustaquio Méndez, combatió primero en varias acciones de la Guerra de Independencia y luego, durante las guerras de la confederación distinguiéndose por su heroísmo al derrotar al ejército argentino en la Batalla de Montenegro, ostenta con orgullo el grado militar de Coronel. 


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