domingo, 31 de enero de 2010 16:16

Sin nada que hacer

sábado, 30 de enero de 2010 16:07

Recuerdos Plazuela 6 de Agosto Hoy Plazuela del Estudiante Yacuiba

viernes, 29 de enero de 2010 16:01

Autonomía

jueves, 28 de enero de 2010 9:24

Colette

Una curva de la alameda, una brecha en el follaje, permitieron a Camille ver a distancia a la gata y a Alain. Se detuvo en seco, sintió un impulso como para volver sobre sus pasos; pero sólo vaciló un instante y se alejó más presurosa, pues si Saha, en acecho, seguía humanamente su partida, Alain, medio tendido en el suelo, jugueteaba, con mano hábil y encogida como una pata, con las primeras castañas de agosto, erizadas y verdes.
(Fragmento Novela "La Gata" de Colette)

miércoles, 27 de enero de 2010 9:31

Soneto XLI de Pablo Neruda

SONETO XLI


Desdichas del mes de Enero cuando el indiferente
mediodía establece su ecuación en el cielo,
un oro duro como el vino de una copa colmada
llena la tierra hasta sus límites azules.

Desdichas de este tiempo parecidas a uvas
pequeñas que agruparon verde amargo,
confusas, escondidas lágrimas de los días
hasta que la intemperie publicó sus racimos.

Sí, gérmenes, dolores, todo lo que palpita
aterrado, a la luz crepitante de Enero,
madurará, arderá como ardieron los frutos.

Divididos serán los pesares: el alma
dará un golpe de viento, y la morada
quedará limpia con el pan fresco en la mesa.

martes, 26 de enero de 2010 9:37

Cuando vuelvan...


“cuando vuelvan las horas de ensueño a poblar el silencio nocturno con suspiros de amor y promesas con poemas de luz, cual embrujos, cuando vuelvan tus ojos ausentes a decirme sus voces caladas de ternura quietud y alegría y de amor en sus dulces miradas, viviré otra ves esas tardes que juntos pasamos repitiendo tu nombre, tú el mío y diciéndonos dos palabras: te amo”. (Fragmento de un Cuento del libro "La Niña y El Fantasma Y Otros Relatos" de José Luis Claros López)

lunes, 25 de enero de 2010 11:27

Te Quiero de Mario Benedetti

Te Quiero
De Mario Benedetti


Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

domingo, 24 de enero de 2010 11:24

EL SOBREVIVIENTE SALUDA A LOS PÁJAROS de Pablo Neruda

EL SOBREVIVIENTE SALUDA A LOS PÁJAROS
De Pablo Neruda
 

Fundé con pájaros y gritos de sol la morada:
temprano a la hora del manantial, salí al frío
a ver los materiales del crecimiento: olores
de lodo y sombra, medallas que la noche dejó
sobre los temblorosos follajes y la hierba.

Salí vestido de agua, me extendí como un río
hacia el horizonte que los más antiguos geógrafos
tomaron como final del presupuesto terrestre:
yo fuí entre las raíces, bañando con palabras
las piedras, resonando como un metal del mar.

Habló con el escarabajo y aprendí
su idioma tricolor, de la tortuga
examinó paciencia convexa y albedrío, encontré
un animal recién invitado  al silencio:
era un vertebrado que venía de entonces,
de la profundidad, del tiempo sumergido.

Tuve que reunir los pájaros, cercar
territorios a fuerza de plumajes, de voces
hasta que pude establecerme en la tierra.

Si bien mi profesión de campana
se probó a la intemperie, desde mi nacimiento
esta experiencia fue decisiva en mi vida:
dejó la tierra inmóvil: me repartí en fragmentos
que entraban y salían de otras vidas,
formó parte del pan y la madera,
del agua subterránea, del fuego mineral:
tanto aprendí que puse mi morada
a la disposición de cuanto crece:
no hay edificación como la mía en la selva
no hay territorio con tantas ventanas,
no hay torre como la que tuve bajo la tierra.

Por eso, si me encuentras ignominiosamente
vestido como todos los demás, en la calle,
si me llamas desde una mesa en un café
y observas que soy torpe, que no te reconozco,
no pienses, no, que soy tu mortal enemigo:
respeta mi remota soberanía, déjame
titubeante, inseguro, salir de las regiones
perdidas, de la tierra que me enseñó a llover,
déjame sacudir el carbón, las arañas,
el silencio: y verás que soy tu hermano.

sábado, 23 de enero de 2010 11:07

Oda a Una Estrella de Pablo Neruda

ODA A UNA ESTRELLA
De Pablo Neruda


ASOMANDO a la noche
en la terraza
de un rascacielos altísimo y amargo
pude tocar la bóveda nocturna
y en un acto de amor extraordinario
me apoderé de una celeste estrella.

Negra estaba la noche
y yo me deslizaba
por la calle
con la estrella robada en el bolsillo.
De cristal tembloroso
parecía
y era
de pronto
como si llevara
un paquete de hielo
o una espada de arcángel en el cinto.

La guardó
temeroso
debajo de la cama
para que no la descubriera nadie,
pero su luz
atravesó
primero
la lana del colchón,
luego
las tejas,
el techo de mi casa.

Incómodos
se hicieron
para mí
los más privados menesteres.

Siempre con esa luz
de astral acetileno
que palpitaba como si quisiera
regresar a la noche,
yo no podía
preocuparme de todos
mis deberes
y así fue que olvidé pagar mis cuentas
y me quedó sin pan ni provisiones.

Mientras tanto, en la calle,
se amotinaban
transeúntes, mundanos
vendedores
atraídos sin duda
por el fulgor insólito
que veían salir de mi ventana.

Entonces
recogí
otra vez mi estrella,
con cuidado
la envolví en mi pañuelo
y enmascarado entre la muchedumbre
pude pasar sin ser reconocido.
Me dirigí al oeste,
al río Verde,
que allí bajo los sauces
es sereno.

Tomó la estrella de la noche fría
y suavemente
la echó sobre las aguas.

Y no me sorprendió
que se alejara
como un pez insoluble
moviendo
en la noche del río
su cuerpo de diamante.

viernes, 22 de enero de 2010 15:31

Let It Be (The Beatles)

jueves, 21 de enero de 2010 2:20

Imaginantes: Encuentro con el Azar - Julio Cortázar

IMAGINANTES: ENCUENTRO CON EL AZAR - JULIO CORTÁZAR

miércoles, 20 de enero de 2010 22:51

ERNESTO CARDENAL ACUSA A DANIEL ORTEGA DE HABER IMPLANTADO UNA DICTADURA EN NICARAGUA

ERNESTO CARDENAL ACUSA A DANIEL ORTEGA DE HABER IMPLANTADO UNA DICTADURA EN NICARAGUA

Fuente: AFP


El poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal, cuyo apoyo a la revolución Sandinista le valió una muy recordada reprimenda pública de Juan Pablo II, cumple 85 años enfrentado al líder de aquella rebelión, el presidente Daniel Ortega, a quien acusa de haber implantado una "dictadura".

"Estamos en una dictadura" y en un país con "un futuro incierto", afirmó Cardenal en una entrevista con AFP en su residencia en Managua, donde vive modestamente aferrado a su vida artística y pequeños proyectos culturales.

Cardenal, uno de los más grandes exponentes de la lírica latinoamericana, fue propuesto por la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) para premio Nobel de Literatura 2010, en reconocimiento a más de medio siglo de labor.

El laureado poeta argumenta que los críticos al gobierno, como él, son perseguidos por el gobernante Frente Sandinista mediante diferentes acciones, como el juicio de injurias y calumnias que un juez "incondicional a Daniel Ortega" revivió en 2008 en su contra, tras acusar a Ortega de "ladrón" durante una visita a Paraguay.

"A mí me condenaron, no estoy preso porque tengo más de 75 años", declaró, Un juez de Managua emplazó en agosto del 2008 a Cardenal a pagar una multa de 1.000 dólares por el delito de injurias y calumnias, so pena de cárcel, en un juicio promovido en su contra por un alemán, del cual ya había "sido absuelto", relata.

"Yo me negué a pagar esa pequeña multa porque significaba reconocer" un juicio "injusto e ilegal", y como no pueden "echarme preso", decidieron congelar una cuenta bancaria de más de 2.500 dólares, indicó.

Durante la entrega del Premio Iberoamericano Pablo Neruda que el gobierno chileno le entregó en julio pasado en Santiago de Chile, el sacerdote pidió al presidente Ortega que le descongelara sus cuentas, pero su petición no tuvo eco.

Por el contrario, aseguró Cardenal, la persecusión prosiguió en diciembre pasado cuando un juez embargó un hotel de la asociación cultural que él dirige en la isla de Solentiname, en el Gran Lago de Nicaragua (sur), en el marco de una antigua disputa legal.

Sostiene que sus discrepancias con Ortega, a quien apoyó durante la revolución sandinista (1979-90) como ministro de Cultura, comenzaron cuando se dio "cuenta de los robos y la gran corrupción en la que había caído mi partido", y se hizo eco de ellas.

El poeta recuerda que durante la dictadura de Anastasio Somoza en los años 70, también fue perseguido y condenado en ausencia a 18 años de prisión por apoyar a los insurgentes de la entonces guerrilla sandinista.

Tras una apasionada vida literaria y política, Cardenal ahora prefiere mantenerse alejado de la vida pública.

El autor de la "Revolución Perdida" y "Cántico Cósmico" -una antología de 600 poemas que considera "la más importante" de su obra literaria, dice que sigue escribiendo, pero se niega a revelar su próxima publicación.

"Me dedico a escribir, leer, también hago esculturas. Me toca viajar también mucho al extranjero para exponer la obra de mi poesía", expresó el poeta, que hoy cumplió 85 años en medio de numerosas homenajes culturales que lo hacen sentir "incómodo" porque dice que no le gustan los agasajos.

Cardenal fue consagrado sacerdote en 1965, adhiriéndose luego a la teología de la liberación.

En los años 70 comenzó a colaborador con la guerrilla del Frente Sandinista, en cuyas filas militó hasta 1994 para luego integrarse al disidente Movimiento de Renovación Sandinista de centroizquierda.

Su apoyo a la revolución le valió, además, una pública reprimenda del Papa Juan Pablo II, durante una polémica visita a Nicaragua en 1983.

17:30

FEDERICO FELLINI

FEDERICO FELLINI "OCHO Y MEDIO" (ESCENA FINAL)



FEDERICO FELLINI "OJOS BIEN ABIERTOS"

martes, 19 de enero de 2010 18:19

COMO LOGRO EL LEOPARDO LAS MANCHAS DE SU PIEL - RUDYARD KIPLING



Llegue a leer este cuento en el invierno de 1995 gracias a una sugerencia del Prof. Claudio Duran quien era Director de mi Colegio... es muy bueno y siempre que escucho el nombre Rudyard Kipling, recuerdo ese tiempo de mi infancia y este cuento que hoy comparto con quien desee leerlo.













lunes, 18 de enero de 2010 16:34

Yo persigo una Forma de Ruben Dario

Fragmentos del Poema "Yo Persigo una Forma" del escritor Guatemalteco Ruben Dario:

Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo... Y no hallo sino la palabra que huye, la iniciación melódica que de la flauta fluye y la barca del sueño que en el espacio boga; y bajo la ventana de mi Bella Durmiente, el sollozo continuo del chorro de la fuente y el cuello del gran cisne blanco que me interroga. 

Ruben Dario "Yo Persigo una Forma"

domingo, 17 de enero de 2010 16:25

SAPERE AUDE

"Sapere Aude" es una expresión en latín, su uso original se da en la Epístola II de Horacio del Epistularum liber primus "Dimidium facti qui coepit habet: sapere aude" (Quien ha comenzado, sólo ha hecho la mitad: atrévete a saber)

sábado, 16 de enero de 2010 16:22

Richard Stallman cantando Guantanamero

1:09

LECCION DE HISTORIA DE ARTHUR C. CLARK

LECCIÓN DE HISTORIA
(Publicado también en algunas ediciones bajo el título de “EXPEDICIÓN A LA TIERRA”)

Arthur C. Clark

Nadie podía recordar cuando la tribu había comenzado su largo viaje: el país de las grandes llanuras ondulantes que había sido su primer hogar no era ya más que un sueño semiolvidado. Durante muchos años, Shann y su pueblo habían estado huyendo a través de un país de bajas colinas y resplandecientes lagos, y ahora se enfrentaban con las montañas. Aquel verano tenían que cruzar las tierras del sol, y quedaba poco tiempo que perder.
El blanco terror que había descendido desde los polos, pulverizando continentes y helando al aire mismo por delante, estaba a menos de un día de marcha tras ellos. Shann se preguntaba si los glaciares podrían trepar las montañas del frente, y se atrevía a encender en su corazón una pequeña llama de esperanza. Podrían quizá constituir una barrera frente a la cual incluso el despiadado hielo golpease en vano. En las tierras del sur, de las que hablaban las leyendas, su pueblo tal vez encontrase por fin un refugio.
Tardaron muchas semanas en descubrir un paso a través del cual pudiera avanzar la tribu y sus animales. A medio verano habían acampado en un solitario valle donde el aire era tenue y las estrellas brillaban con un resplandor que nadie había nunca visto antes. El verano se iba alejando cuando Shann y sus dos hijos salieron a explorar el camino. Treparon durante tres días, y durante tres noches durmieron lo mejor que pudieron sobre las heladas piedras. Y a la cuarta mañana ya no quedaba más frente a ellos sino una suave pendiente hasta un montículo de piedras grises elevado por otros viajeros, hacía ya siglos.
Shann sintió que temblaba, y no de frío, mientras caminaban hacia la pequeña pirámide de piedras. Sus hijos se habían rezagado, y nadie hablaba, pues era mucho lo que se jugaba. Dentro de poco sabrían si todas sus esperanzas habían sido traicionadas.
Al este y al oeste, la pared de montañas se curvaba como abrazando las tierras del llano. Abajo yacían inacabables kilómetros de llanura ondulante, y un gran río serpenteaba a su través formando enormes lazos. Era tierra fértil; tierra en la cual la tribu podría trabajar en sus cultivos, sabiendo que no sería necesario huir antes de la cosecha.
Y entonces Shann levantó sus ojos hacia el sur y vio la ruina de todas sus esperanzas. Pues allí, al borde del mundo, resplandecía la luz mortal que tantas veces había visto hacia el norte: el brillo del hielo bajo el horizonte.
No se podía adelantar. Durante todos los años de huida, los glaciares del sur habían estado avanzando a su encuentro. Pronto serían aplastados entre las movedizas paredes de hielo...
Los glaciares del sur no llegaron a las montañas hasta una generación más tarde. En aquel último verano, los hijos de Shann llevaron los sagrados tesoros de la tribu al solitario montículo de piedras que dominaba la llanura. El hielo, que había antaño resplandecido bajo el horizonte, estaba ahora casi a sus pies; por la primavera estaría astillándose contra las paredes de la montaña.
Ahora nadie entendía los tesoros; procedían de un pasado demasiado distante para la comprensión de ningún hombre. Sus orígenes se perdían en las nieblas que rodeaban la Edad de Oro, y el cómo habían pasado finalmente a poder de esa tribu trashumante, era una historia que ahora nunca sería contada. Pues era la historia de una civilización que había pasado más allá de todo recuerdo.
En un tiempo, todas aquellas melancólicas reliquias habían sido guardadas como un tesoro por alguna buena razón, y luego se habían convertido en sagradas, pero su significado se había perdido. La letra de los viejos libros se había desvanecido hacía siglos, si bien mucho era aún legible, si hubiese habido alguien para leerlo. Pero habían pasado muchas generaciones desde que alguien había sabido utilizar un tomo de logaritmos de siete cifras, un atlas del mundo, y la partitura de la Séptima Sinfonía de Sibelius, impresa, según rezaba la cubierta, por H. K. Chu e Hijos, en la ciudad de Pekín, en el año 2021 de J. C.
Colocaron reverentemente los libros en la pequeña cripta que había sido construida para recibirlos. Luego siguió una abigarrada colección de fragmentos; monedas de oro y platino, una teleobjetivo fotográfico roto, un reloj, una lámpara de luz fría, un micrófono, la cuchilla de una máquina de afeitar eléctrica, algunas minúsculas válvulas de radio, la escoria que había quedado cuando la gran marea de la civilización bajó para siempre. Todo ello fue cuidadosamente guardado en su lugar de reposo. Luego venían tres reliquias más, las más sagradas de todas por ser las que eran menos comprendidas.
La primera era una pieza de metal de forma extraña, del matiz del calor intenso. En cierto modo era el más melancólico de todos aquellos símbolos del pasado, pues hablaba de la mayor hazaña del Hombre, y del futuro que pudo haber conocido. El pie de caoba sobre el cual estaba montado llevaba una placa de plata con la inscripción:
«Encendedor auxiliar del chorro de estribor de la nave espacial Estrella Matutina. Tierra-Luna, 1985 de J. C.»
Luego seguía otro milagro de la ciencia antigua: una esfera de plástico transparente con piezas de metal de raras formas incrustadas en su interior. En su centro había una pequeña cápsula de un elemento radiactivo sintético, rodeado de las pantallas de conversión que desplazaba su radiación hasta la parte baja del espectro. En tanto que el material permaneciese activo, la esfera sería una pequeña estación transmisora de radio que emitía en todas direcciones. Solamente se habían construido unas cuantas de esas esferas, destinadas a ser faros perpetuos de las órbitas de los Asteroides. Pero el Hombre nunca alcanzó los Asteroides, y los faros nunca fueron utilizados.
Finalmente había una lata circular plana, muy ancha en relación con su profundidad. Estaba muy bien sellada, y cuando se la agitaba emitía un ruido. La tradición de la tribu predecía un desastre si jamás era abierta, y nadie sabía que contenía una de las mayores obras de arte de hacía cerca de mil años.
Se había terminado el trabajo. Los dos hombres hicieron rodar las piedras colocándolas en su lugar, y comenzaron lentamente a descender la montaña. Incluso al fin, el Hombre había pensado en el futuro, y había tratado de conservar algo para la posteridad.
Aquel invierno las grandes oleadas de hielo comenzaron su primer asalto a las montañas, atacando por el norte y por el sur. Los pies de las colinas fueron avasallados al primer empuje, y los glaciares las pulverizaron. Pero las montañas se mantuvieron firmes, y cuando llegó el verano el hielo se retiró por un tiempo.
Y así, invierno tras invierno, continuó la batalla, y el rugido de los aludes, el rechinar de las rocas y las explosiones del astillado hielo llenaron de fragor el aire. Ninguna de las guerras del Hombre había sido tan feroz, ni había sumergido al globo más completamente que ésta. Hasta que al fin las olas de la marea del hielo comenzaron a abatirse y a descender lentamente a lo largo de las laderas de las montañas que no habían nunca dominado del todo; a pesar que los pasos y los valles estaban aún firmemente en su poder. La lucha no se había decidido, pues los glaciares habían encontrado un digno rival.
Pero su derrota había llegado demasiado tarde para ser de alguna utilidad al hombre.
Así fueron transcurriendo los siglos, hasta que ocurrió algo que tiene que suceder por fuerza, por lo menos una vez en la historia de cada uno de los mundos del universo, por remotos y solitarios que sean.
La nave de Venus llegó cinco mil años demasiado tarde, pero su tripulación nada sabía de ello. Desde muchos millones de kilómetros de distancia, los telescopios habían visto el gran sudario de hielo que hacía de la Tierra el objeto más brillante del cielo después del mismo Sol. Aquí y allá la deslumbradora sábana se veía manchada por negras motas que revelaban la presencia de montañas casi enterradas. Eso era todo. Los océanos, las llanuras y los bosques, los desiertos y los lagos, todo que había sido el mundo del Hombre, estaba sellado bajo el hielo, quizá para siempre.
La nave se acercó a la Tierra y estableció una órbita a unos mil kilómetros de distancia. Durante cinco días circundó al planeta, mientras las cámaras fotografiaban todo lo que quedaba a la vista, y cien instrumentos recogían información que daría años de trabajo a los científicos venusianos. No se tenía intención de aterrizar, pues no se veía razón para ello. Pero al sexto día el cuadro cambió. Un avisador panorámico, al límite de su amplificación, detectó la agonizante radiación del viejo faro de cinco mil años. A través de los siglos había estado enviando sus señales, con fuerza cada vez menor, a medida que su corazón radiactivo iba constantemente debilitándose.
El avisador sintonizó la frecuencia del faro. En el cuarto de mandos, una campana demandó atención. Un poco más tarde, la nave venusiana salió de su órbita y descendió inclinándose hacia la Tierra, en dirección a una cordillera que aún emergía orgullosa del hielo, y hacia un montículo de piedras grises que los años habían apenas tocado.
* * *
El gran disco del sol ardía ferozmente en un cielo que no estaba ya velado por las nubes, pues las nubes que otrora ocultaran a Venus, se habían desvanecido por completo. La fuerza que había ocasionado el cambio en la radiación solar, había condenado una civilización, pero dado la vida a otra. Hacía menos de cinco mil años que las gentes semisalvajes de Venus habían visto el sol y las estrellas por vez primera. La ciencia de la Tierra había comenzado con la astronomía, y lo mismo había ocurrido con la de Venus, y en aquel mundo cálido y rico que el Hombre nunca había visto, el progreso había sido increíblemente rápido.
Quizá los venusianos habían sido afortunados. No conocieron nunca la Edad del Oscurantismo que había mantenido encadenado al hombre durante mil años; se evitaron el largo camino indirecto a través de la química y de la mecánica, y llegaron inmediatamente a las leyes más fundamentales de la física de la radiación. En el tiempo que el hombre había requerido para pasar de las Pirámides a las astronaves propulsadas por cohetes, los venusianos habían pasado del descubrimiento de la agricultura a la misma antigravitación, el secreto final que el Hombre nunca había aprendido.
El tibio océano, que todavía contenía la mayor parte de la vida del cálido planeta, proyectaba lánguidamente sus olas contra la playa arenosa. Tan nuevo era aquel continente que incluso las arenas eran gruesas y agudas; el mar no había tenido aún tiempo de suavizarlas. Los científicos estaban echados, sumergidos a medias en el agua, y sus hermosos cuerpos de reptiles brillaban a la luz del sol. Las mejores mentes de Venus se habían congregado en aquella orilla desde todas las islas del planeta. No sabían aún lo que iban a oír, excepto que se refería al Tercer Mundo y a la raza misteriosa que lo había poblado antes de la llegada del hielo.
El Historiador estaba sobre tierra, pues a los instrumentos que iba a emplear no les gustaba el agua. A su lado había una gran máquina que atrajo muchas curiosas miradas de sus colegas. Estaba evidentemente relacionada con la óptica, pues llevaba un sistema de lentes dirigido hacia una pantalla de material blanco emplazada a una docena de metros.
El Historiador comenzó a hablar. Recapituló brevemente lo poco que se había descubierto referente al Tercer Planeta y su gente. Mencionó los siglos de investigación infructuosa que habían fracasado en la investigación de uno solo de los escritos de la Tierra. Aquel planeta había sido habitado por una raza de gran habilidad técnica; eso, por lo menos, quedaba demostrado por las escasas piezas de maquinaria que habían sido halladas bajo el montón de piedras de la montaña.
-No sabemos por qué se extinguió una civilización tan avanzada. Casi con seguridad sabía lo suficiente para sobrevivir un Período Glacial. Debe haber habido algún otro factor del cual nada sabemos. Quizá fue culpa de alguna enfermedad o de alguna degeneración racial. Ha sido, incluso, sugerido que los conflictos de tribu, endémicos en nuestra propia especie en tiempos prehistóricos, pueden haber continuado en el Tercer Planeta después de la introducción de la tecnología. Algunos filósofos mantienen que los conocimientos de maquinaria no implican necesariamente un elevado grado de civilización, y que es teóricamente posible que haya guerras en una sociedad que posea fuerza mecánica, navegación aérea e incluso radio. Tal concepción es extraña a nuestras ideas, pero debemos admitir su posibilidad, y evidentemente explicaría la perdición de aquella raza.
»Se había siempre supuesto que nunca sabríamos algo respecto a la forma física de las criaturas que habitaron el Tercer Planeta. Durante siglos nuestros artistas han estado representando escenas de la historia de aquel mundo muerto, poblándolo de toda clase de seres fantásticos. La mayor parte de tales creaciones se nos han asemejado más o menos, a pesar que se ha indicado con frecuencia que el hecho que nosotros seamos reptiles no significa que toda la vida inteligente deba necesariamente ser reptil. Ahora conocemos la respuesta a uno de los problemas más desconcertantes de la historia. Por fin, después de quinientos años de investigación, hemos descubierto la forma exacta y la naturaleza de la vida rectora del Tercer Planeta.
De los científicos allí reunidos se alzó un murmullo de asombro. A algunos les tomó tan de sorpresa, que desaparecieron un rato en la comodidad del océano, como acostumbran a hacer todos los venusianos en momentos de tensión. El Historiador esperó hasta que sus colegas hubiesen reaparecido sobre el elemento que tan poco les agradaba. Él mismo se sentía cómodo, gracias a las pequeñas salpicaduras que le llegaban continuamente al cuerpo; debido a ellas, podía vivir muchas horas sobre tierra, sin tener que retornar al océano.
La agitación se calmó lentamente y el conferenciante prosiguió:
-Uno de los objetos más desconcertantes entre los hallados en el Tercer Planeta era un recipiente metálico plano que contenía una gran cinta de material plástico transparente, perforado por los bordes y arrollado apretadamente formando un carrete. Esa cinta transparente pareció al principio estar desprovista de rasgos característicos, pero al ser examinada con el nuevo microscopio subelectrónico se vio que no era así. A lo largo de la superficie del material, e invisibles a nuestros ojos, pero perfectamente definidas bajo una radiación adecuada, hay literalmente miles de pequeñas imágenes. Se cree que fueron impresas sobre el material por algún procedimiento químico, y que se han desvanecido al correr el tiempo.
»Tales imágenes forman, al parecer, un documento de la vida tal como era sobre el Tercer Planeta en el apogeo de su civilización. No son independientes; imágenes consecutivas son casi idénticas, difiriendo solamente en detalles de movimiento. El objeto de tal grabación es obvio; solamente se requiere proyectar las escenas en rápida sucesión para crear la ilusión de un movimiento continuo. Hemos construido una máquina para hacerlo, y aquí tengo una reproducción exacta de la serie de imágenes.
»Las escenas que ahora van a contemplar, nos transportan a muchos miles de años atrás, a los grandes días del planeta hermano. Presentan una civilización muy compleja, muchas de cuyas actividades sólo podemos comprender vagamente. La vida parece haber sido muy violenta y muy enérgica, y mucho de lo que verán, es bastante desconcertante.
»Es evidente que el Tercer Planeta estaba habitado por cierto número de especies, ninguna de las cuales era reptil. Eso es un golpe para nuestro orgullo, pero la conclusión es inevitable. El tipo de vida dominante parece haber sido un bípedo de dos brazos, que caminaba erguido y cubría su cuerpo con una especie de material flexible, seguramente para resguardarse contra el frío, ya que incluso antes de la Edad de Hielo aquel planeta estaba a una temperatura muy inferior a la de nuestro propio mundo.
»Pero no quiero abusar más de vuestra paciencia. Ahora verán la grabación de la que les he estado hablando.
Una brillante luz salió del proyector. Se oyó un suave zumbido, y aparecieron sobre la pantalla cientos de extraños seres que se movían algo rígidamente de un lado a otro. La imagen se ensanchó para abarcar a una de aquellas criaturas, y los científicos pudieron comprobar que la descripción del Historiador había sido correcta. La criatura poseía dos ojos, colocados bastante juntos, pero los demás adornos faciales resultaban algo confusos. Había un gran orificio en la parte inferior de la cabeza que estaba continuamente abriéndose y cerrándose, y que posiblemente estaba en cierto modo relacionado con la respiración de la criatura.
Los científicos contemplaron fascinados cómo aquellos extraños seres se veían complicados en una serie de aventuras fantásticas. Había una lucha increíblemente violenta con otra criatura algo diferente. Parecía cierto que ambos debían resultar muertos, pero no; al terminar, ninguno de los dos parecía haber sufrido nada. Luego venía una furiosa carrera sobre kilómetros de campo en un artefacto mecánico de cuatro ruedas capaz de extraordinarias hazañas de locomoción. La carrera terminaba en una ciudad llena de otros vehículos que se movían en todas direcciones a velocidades de espanto. Nadie se sorprendió al ver que dos de las máquinas chocaban de frente, con resultado devastador.
Después de aquello, los acontecimientos resultaban aún más complicados. Era evidente que se requerirían muchos años de investigación para analizar todo lo que allí ocurría. Se comprendía también claramente que aquello era una obra de arte, algo estilizada, más bien que una reproducción exacta de la vida tal como había sido sobre el Tercer Planeta.
Cuando terminó la sucesión de imágenes, la mayor parte de los científicos estaban anonadados. Había una ráfaga final de movimiento, durante la cual la criatura que había sido el centro del interés, se veía envuelta en una catástrofe tremenda, pero incomprensible. La imagen se contrajo hasta quedar reducida a un círculo, centrado en la cabeza de aquella criatura. La última escena era la imagen ampliada de su cara, que evidentemente expresaba alguna fuerte emoción, sin que pudiera adivinarse si era de rabia, pena, desafío, resignación, u otro sentimiento.
La imagen se desvaneció; por un instante aparecieron en la pantalla algunas letras, y luego todo terminó.
Durante varios minutos reinó un completo silencio, salvo por el susurro de las olas sobre la arena. Los científicos estaban demasiado anonadados para hablar. Aquella pasajera visión de la civilización de la Tierra había producido un efecto devastador sobre sus mentes. Y entonces comenzaron a hablar en pequeños grupos, comentando, primeramente en murmullos, y luego en voz más alta, a medida que aparecía más claro el significado de lo que acababan de ver. Luego el Historiador reclamó de nuevo su atención:
-Proyectamos ahora -comenzó-, un vasto programa de investigación para extraer de esa grabación toda la información posible. Ya se darán cuenta de los problemas planteados; especialmente los psicólogos se enfrentan con una tarea inmensa. Pero no dudo que tendremos éxito. Dentro de otra generación, ¿quién sabe lo que habremos llegado a saber de esa maravillosa raza? Antes de terminar, contemplemos nuevamente a nuestros remotos parientes, cuya sabiduría quizá sobrepasó la nuestra, pero de quienes tan poco ha sobrevivido.
Una vez más apareció sobre la pantalla la imagen final, inmóvil esta vez, pues se había detenido el proyector. Con un sentimiento semejante al respeto, los científicos contemplaron aquella estática figura del pasado, mientras a su vez el pequeño bípedo les contemplaba con su característica expresión de un mal genio arrogante.
Para siempre este sería el símbolo de la raza humana. Los psicólogos de Venus analizarían sus acciones y observarían todos sus movimientos hasta que pudiesen reconstruir su mente. Se escribirían sobre él miles de libros. Se idearían complicadas filosofías para explicar su comportamiento. Pero todo aquel trabajo, toda aquella investigación, sería en vano.
Quizá aquella solitaria y orgullosa figura de la pantalla sonreía sardónicamente a los científicos, que comenzaban su trabajo, interminable e inútil. Su secreto estaría seguro en tanto durase el universo, pues nadie conseguiría nunca leer el perdido lenguaje de la Tierra. Millones de veces en los siglos por venir, resplandecerían sobre la pantalla aquellas últimas palabras, y nadie adivinaría nunca su significado:
Una Producción Walt Disney.

viernes, 15 de enero de 2010 19:30

Historia de los Dos que Soñaron de Jorge Luis Borges

Historia de los Dos que Soñaron

El historiador arábigo El Ixaquí refiere este suceso: "Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es omnisciente y poderoso y misericordioso y no duerme), que hubo en el Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo:
"Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla."
A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros de los desiertos., de las naves, de los piratas, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó el fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por el Decreto de Dios Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó la mexquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo, y le menudearon tales azotes con varas de bambú que estuvo cerca de la muerte.
A los dos días recobró el sentido en la cárcel. El capitán lo mandó buscar y le dijo: "¿Quién eres y cuál es tu patria?. El otro declaró: "Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí." El capitán le preguntó: "¿Qué te trajo a Persia?". El otro optó por la verdad y le dijo: "Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente me diste".
Ante semejantes palabras, el capitán se rió hasta descubrir las muelas del juicio y acabó por decirle: "Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de una mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma estas monedas y vete".
El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la fuente de su jardín que era la del sueño del capitán) desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y lo recompensó y exaltó. Dios es el Generoso, el Oculto.
"(Del libro de las 1001 Noches, noche 351)
J.L.Borges en Historia universal de la infamia“

jueves, 14 de enero de 2010 3:40

John Dos Passos

" ¿Cómo puede el nuevo mundo lleno de confusión e ilusiones y cegado por el miraje de frases idealistas ganar contra la férrea combinación de hombres habituados a dirigir las cosas que sólo tienen una idea que les hace mantenerse unidos: la de preservar lo que poseen?. " Fragmento "Viaje entreguerras" John Dos Passos nacido un 14 de Enero 1896.

3:07

Un 14 de Enero nació Yukio Mishima


Un día como hoy nació Yukio Mishima


El muchacho que escribía poesía



Yukio Mishima

Poema tras poema fluía de su pluma con pasmosa facilidad. Le llevaba poco tiempo llenar las treinta páginas de uno de los cuadernos de la Escuela de los Pares. ¿Cómo era posible, se preguntaba el muchacho, que pudiera escribir dos o tres poemas por día? Una semana que estuvo enfermo en cama, compuso: "Una semana: Antología". Recortó un óvalo en la cubierta de su cuaderno para destacar la palabra "poemas" en la primera página. Abajo, escribió en inglés: "12th. 18th: May, 1940".
Sus poemas empezaban a llamar la atención de los estudiantes de los últimos años. "La algarabía es por mis 15 años". Pero el muchacho confiaba en su genio. Empezó a ser atrevido cuando hablaba con los mayores. Quería dejar de decir "es posible", tenía que decir siempre "sí".
Estaba anémico de tanto masturbarse. Pero su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo. En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Sólo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario.
Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo. Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. Él se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.
Cuando el mundo se transformaba así era feliz. No le sorprendía que el nacimiento de un poema le trajera esta clase de felicidad. Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Pero para que este fuera su caso, necesitaba un interés más profundo en sí mismo, algún problema que lo abrumara. Aunque estaba convencido de su genio, tenía curiosamente muy poco interés en sí mismo. El mundo exterior le parecía más fascinante. Sería más preciso decir que en los momentos en que, sin motivo aparente era feliz, el mundo asumía dócilmente las formas que él deseaba.
Venía la poesía para resguardar sus momentos de felicidad, ¿o era el nacimiento de sus poemas lo que la hacía posible? No estaba seguro. Sólo sabía que era una felicidad diferente de la que sentía cuando sus padres le traían algo que había deseado por mucho tiempo o cuando lo llevaban de viaje, y que era una felicidad únicamente suya.
Al muchacho no le gustaba escrutar constante y atentamente el mundo exterior o su ser interior. Si el objeto que le llamaba la atención no se convertía de pronto en una imagen, si en un mediodía de mayo el brillo blancuzco de las hojas recién nacidas no se convertía en el oscuro fulgor de los capullos nocturnos del cerezo, se aburría al instante y dejaba de mirarlo. Rechazaba fríamente los objetos reales pero extraños que no podía transformar: "No hay poesía en eso".
Una mañana en que había previsto las preguntas de un examen, respondió rápidamente, puso las respuestas sobre el escritorio del profesor sin mirarlas siquiera, y salió antes que todos sus compañeros. Cuando cruzaba los patios desiertos hacia la puerta, cayó en sus ojos el brillo de la esfera dorada del asta de la bandera. Una inefable sensación de felicidad se apoderó de él. La bandera no estaba alzada. No era día de fiesta. Pero sintió que era un día de fiesta para su espíritu, y que la esfera del asta lo celebraba. Su cerebro dio un rápido giro y se encaminó hacia la poesía. Hacia el éxtasis del momento. La plenitud de esa soledad. Su extraordinaria ligereza. Cada recodo de su cuerpo intoxicado de lucidez. La armonía entre el mundo exterior y su ser interior...
Cuando no caía naturalmente en ese estado, trataba de usar cualquier cosa a mano para inducir la misma intoxicación. Escudriñaba su cuarto a través de una caja de cigarrillos hecha con una veteada caparazón de tortuga. Agitaba el frasco de cosméticos de su madre y observaba la tumultuosa danza del polvo al abandonar la clara superficie del líquido y asentarse suavemente en el fondo.
Sin la menor emoción usaba palabras como "súplica", "maldición" y "desdén". El muchacho estaba en el Club Literario. Uno de los miembros del comité le había prestado una llave que le permitía entrar a la sede solo y a cualquier hora para sumergirse en sus diccionarios favoritos. Le gustaban las páginas sobre los poetas románticos en el "Diccionario de la literatura mundial": En sus retratos no tenían enmarañadas barbas de viejo, todos eran jóvenes y bellos.
Le interesaba la brevedad de las vidas de los poetas. Los poetas deben morir jóvenes. Pero incluso una muerte prematura era algo lejano para un quinceañero. Desde esta seguridad aritmética el muchacho podía contemplar la muerte prematura sin preocuparse.
Le gustaba el soneto de Wilde, "La tumba de Keats": "Despojado de la vida cuando eran nuevos el amor y la vida / aquí yace el más joven de los mártires". Había algo sorprendente en esos desastres reales que caían, benéficos, sobre los poetas. Creía en una armonía predeterminada. La armonía predeterminada en la biografía de un poeta. Creer en esto era como creer en su propio genio.
Le causaba placer imaginar largas elegías en su honor, la fama póstuma. Pero imaginar su propio cadáver lo hacía sentirse torpe. Pensaba febrilmente: que viva como un cohete. Que con todo mi ser pinte el cielo nocturno un momento y me apague al instante. Consideraba todas las clases de vida y ninguna otra le parecía tolerable. El suicidio le repugnaba. La armonía predeterminada encontraría una manera más satisfactoria de matarlo.
La poesía empezaba a emperezar su espíritu. Si hubiera sido más diligente, habría pensado con más pasión en el suicidio.
En la reunión de la mañana el monitor de los estudiantes pronunció su nombre. Eso implicaba una pena más severa que ser llamado a la oficina del maestro. "Ya sabes de qué se trata", le dijeron sus amigos para intimidarlo. Se puso pálido y le temblaban las manos.
El monitor, a la espera del muchacho, escribía algo con una punta de acero en las cenizas muertas del "hibachi". Cuando el muchacho entró, el monitor le dijo "siéntese", cortésmente. No hubo reprimenda. Le contó que había leído sus poemas en la revista de los egresados. Después le hizo muchas preguntas sobre la poesía y sobre su vida en el hogar. Al final le dijo:
-Hay dos tipos: Schilla y Goethe. Sabe quién es Schilla, ¿no es cierto?
-¿Quiere decir Schiller?
-Sí. No trate nunca de convertirse en un Schilla. Sea un Goethe.
El muchacho salió del cuarto del monitor y se arrastró hasta el salón de clase, insatisfecho y frunciendo el ceño. No había leído ni a Goethe ni a Schiller. Pero conocía sus retratos. "No me gusta Goethe. Es un viejo. Schiller es joven. Me gusta más".
El presidente del Club Literario, un joven llamado R que le llevaba cinco años, empezó a protegerlo. También a él le gustaba R, porque era indudable que se consideraba un genio anónimo, y porque reconocía el genio del muchacho sin tener para nada en cuenta su diferencia de edades. Los genios tenían que ser amigos.
R era hijo de un Par. Se daba aires de un Villiers de l'Isle Adam, se sentía orgulloso del noble linaje de su familia y empapaba su obra con una nostalgia decadente de la tradición aristocrática de las letras. R, además, había publicado una edición privada de sus poemas y ensayos. El muchacho sintió envidia.
Intercambiaban largas cartas todos los días. Les gustaba esta rutina. Casi todas las mañanas llegaba a casa del muchacho una carta de R en un sobre al estilo occidental, del color del melocotón. Por largas que fueran las cartas no pasaban de un cierto peso; lo que le encantaba al muchacho era esa voluminosa ligereza, esa sensación de que estaban llenas pero de que flotaban. Al final de la carta copiaba un poema reciente, escrito ese mismo día, o si no había tenido tiempo, un poema anterior.
El contenido de las cartas era trivial. Empezaban con una crítica del poema que el otro había enviado en la última carta, a la que seguía una palabrería inacabable en la que cada cual hablaba de la música que había escuchado, los episodios diarios de su familia, las impresiones de las muchachas que le habían parecido bellas, los libros que había leído, las experiencias poéticas en las que una palabra revelaba mundos, y así sucesivamente. Ni el joven de veinte años ni el muchacho de quince se cansaban de este hábito.
Pero el muchacho reconocía en las cartas de R una pálida melancolía, la sombra de un ligero malestar que sabía que no estaba nunca presente en las suyas. Un recelo ante la realidad, una ansiedad de algo a lo que pronto tendría que enfrentarse, le daban a las cartas de R un cierto espíritu de soledad y de dolor. El tranquilo muchacho percibía este espíritu como una sombra sin importancia que nunca caería sobre él.
¿Veré alguna vez la fealdad? El muchacho se planteaba problemas de esta clase; no los esperaba. La vejez, por ejemplo, que rindió a Goethe después de soportarla muchos años. No se le había ocurrido nunca pensar en algo como la vejez. Hasta la flor de la juventud, bella para unos y fea para otros, estaba todavía muy lejos. Olvidaba la fealdad que descubría en sí mismo.
El muchacho estaba cautivado por la ilusión que confunde al arte con el artista, la ilusión que proyectan en el artista las muchachas ingenuas y consentidas. No le interesaba el análisis y el estudio de ese ser que era él mismo, en quien siempre soñaba. Pertenecía al mundo de la metáfora, al interminable calidoscopio en el que la desnudez de una muchacha se convertía en una flor artificial. Quien hace cosas bellas no puede ser feo. Era un pensamiento tercamente enraizado en su cerebro, pero inexplicablemente no se hacía nunca la pregunta más importante: ¿Era necesario que alguien bello hiciera cosas bellas?
¿Necesario? El muchacho se hubiera reído de la palabra. Sus poemas no nacían de la necesidad. Le venían naturalmente; aunque tratara de negarlos, los poemas mismos movían su mano y lo obligaban a escribir. La necesidad implicaba una carencia, algo que no podía concebir en sí mismo. Reducía, en primer lugar, las fuentes de su poesía a la palabra "genio", y no podía creer que hubiera en él una carencia de la que no fuera consciente. Y aunque lo fuera, prefería llamarlo "genio" y no carencia.
No que fuera incapaz de criticar sus propios poemas. Había, por ejemplo, un poema de cuatro versos que los mayores alababan con extravagancia; le parecía frívolo y le daba pena. Era un poema que decía: así como el borde transparente de este vidrio tiene un fulgor azul, así tus límpidos ojos pueden esconder un destello de amor.
Los elogios de los demás le encantaban al muchacho, pero su arrogancia no le permitía ahogarse en ellos. La verdad era que ni siquiera el talento de R le impresionaba mucho. Claro que R tenía suficiente talento como para distinguirse entre los estudiantes avanzados del Club Literario, pero eso no quería decir nada. Había un rincón frígido en el corazón del muchacho. Si R no hubiera agotado su tesoro verbal para alabar el talento del muchacho, quizás el muchacho no hubiera hecho ningún esfuerzo para reconocer el de R.
Se daba perfecta cuenta de que el premio a su gusto ocasional por ese tranquilo placer era la ausencia de cualquier brusca excitación adolescente. Dos veces al año, las escuelas tenían series de béisbol que llamaban los "Juegos de la Liga". Cuando la Escuela de los Pares perdía, los estudiantes de penúltimo año que habían vitoreado a los jugadores durante el partido los rodeaban y compartían sus sollozos. Él nunca lloraba. Ni se sentía triste. "¿Para qué sentirse triste? ¿Porque perdimos un partido de béisbol?" Le sorprendían esas caras llorosas, tan extrañas. El muchacho sabía que sentía las cosas con facilidad, pero su sensibilidad se encaminaba en una dirección diferente a la de todos los demás. Las cosas que los hacían llorar no tenían eco en su corazón. El muchacho empezó a hacer cada vez más que el amor fuera el tema de su poesía. Nunca había amado. Pero le aburría basar su poesía solamente en las transformaciones de la naturaleza, y se puso a cantar las metamorfosis que de momento a momento ocurren en el alma.
No le remordía cantar lo que no había vivido. Algo en él siempre había creído que el arte era esto exactamente. No se lamentaba de su falta de experiencia. No había oposición ni tensión entre el mundo que le quedaba por vivir y el mundo que tenía dentro de sí. No tenía que ir muy lejos para creer en la superioridad de su mundo interior; una especie de confianza irracional le permitía creer que no había en el mundo emoción que le quedara por sentir. Porque el muchacho pensaba que un espíritu tan agudo y sensible como el suyo ya había aprehendido los arquetipos de todas las emociones, aunque fuera algunas veces como puras premoniciones, que toda la experiencia se podía reconstruir con las combinaciones apropiadas de estos elementos de la emoción. Pero, ¿cuáles eran estos elementos? Él tenía su propia y arbitraria definición: "Las palabras".
No que el muchacho hubiera llegado a una maestría de las palabras que fuera genuinamente suya. Pero pensaba que la universalidad de muchas de las palabras que encontraba en el diccionario las hacía variadas en su significado y con distinto contenido y, por lo tanto, disponibles para su uso personal, para un empleo individual y único. No se le ocurría que sólo la experiencia podía darle a las palabras color y plenitud creativa.
El primer encuentro entre nuestro mundo interior y el lenguaje enfrenta algo totalmente individual con algo universal. Es también la ocasión para que un individuo, refinado por lo universal, por fin se reconozca. El quinceañero estaba más que familiarizado con esta indescriptible experiencia interior. Porque la desarmonía que sentía al encontrar una nueva palabra también le hacía sentir una emoción desconocida. Lo ayudaba a mantener una calma exterior incompatible con su juventud. Cuando una cierta emoción se apoderaba de él, la desarmonía que despertaba lo llevaba a recordar los elementos de la desarmonía que había sentido antes de la palabra. Recordaba entonces la palabra y la usaba para nombrar la emoción que tenía ante sí. El muchacho se hizo práctico en disponer así de las emociones. Fue así como conoció todas las cosas: la "humillación", la "agonía", la "desesperanza", la "execración", la "alegría del amor", la "pena del desamor".
Le hubiera sido fácil recurrir a la imaginación. Pero el muchacho dudaba en hacerlo. La imaginación necesita una clase de identificación en la que el ser se duele con el dolor de los demás. El muchacho, en su frialdad, no sentía nunca el dolor de los demás. Sin sentir el menor dolor se susurraba: "Eso es dolor, es algo que conozco".
Era una soleada tarde de mayo. Las clases se habían acabado. El muchacho caminaba hacia la sede del Club Literario para ver si había alguien allí con quien pudiera hablar camino a casa. Se encontró con R, quien le dijo:
-Estaba esperando que nos encontráramos. Charlemos.
Entraron al edificio estilo cuartel en el que los salones de clase habían sido divididos con tabiques para alojar los diferentes clubes. El Club Literario estaba en una esquina del oscuro primer piso. Alcanzaban a oír ruidos, risas y el himno del colegio en el Club Deportivo, y el eco de un piano en el Club Musical. R. metió la llave en la cerradura de la sucia puerta de madera. Era una puerta que aún sin llave había que abrir a empujones.
El cuarto estaba vacío. Con el habitual olor a polvo. R entró y abrió la ventana, palmoteó para quitarse el polvo de las manos y se sentó en un asiento desvencijado.
Cuando ya estaban instalados el muchacho empezó a hablar.
-Anoche vi un sueño en colores.
(El muchacho se imaginaba que los sueños en colores eran prerrogativa de los poetas).
-Había una colina de tierra roja. La tierra era de un rojo encendido, y el atardecer, rojo y brillante, hacía su color más resplandeciente. De la derecha vino entonces un hombre arrastrando una larga cadena. Un pavo real cuatro o cinco veces más grande que el hombre iba atado a su extremo y recogía sus plumas arrastrándose lentamente frente a mí. El pavo real era de un verde vivo. Todo su cuerpo era verde y brillaba hermosamente. Seguí mirando el pavo real a medida que era arrastrado hacia lo lejos, hasta que no pude verlo más... Fue un sueño fantástico. Mis sueños son muy vívidos cuando son en colores, casi demasiado vívidos. ¿Qué querría decir un pavo real verde para Freud? ¿Qué querría decir?
R no parecía muy interesado. Estaba distinto que siempre. Estaba igual de pálido, pero su voz no tenía su usual tono tranquilo y afiebrado, ni respondía con pasión. Había aparentemente escuchado el monólogo del muchacho con indiferencia. No, no lo escuchaba.
El afectado y alto cuello del uniforme de R estaba espolvoreado de caspa. La luz turbia hacía que refulgiera el capullo de cerezo de su emblema de oro, y alargaba su nariz, de por sí bastante grande. Era de forma elegante pero un tris más grande de lo debido, y mostraba una inconfundible expresión de ansiedad. La angustia de R parecía manifestarse en su nariz.
Sobre el escritorio había unas viejas galeras cubiertas de polvo y reglas, lápices rojos, laca, volúmenes empastados de la revista de los egresados y manuscritos que alguien había empezado. El muchacho amaba esta confusión literaria. R revolvió las galeras como si estuviera ordenando las cosas a regañadientes, y sus dedos blancos y delgados se ensuciaron con el polvo. El muchacho hizo un gesto de burla. Pero R chasqueó la lengua en señal de molestia, se sacudió el polvo de las manos y dijo:
-La verdad es que hoy quería hablar contigo de algo.
-¿De qué?
-La verdad es... -R vaciló primero pero luego escupió las palabras-. Sufro. Me ha pasado algo terrible.
-¿Estás enamorado? -preguntó fríamente el muchacho.
-Sí.
R explicó las circunstancias. Se había enamorado de la joven esposa de otro, había sido descubierto por su padre, y le habían prohibido volver a verla. El muchacho se quedó mirando a R con los ojos desorbitados. "He aquí a alguien enamorado. Por primera vez puedo ver el amor con mis ojos". No era un bello espectáculo. Era más bien desagradable.
La habitual vitalidad de R había desaparecido; estaba cabizbajo. Parecía malhumorado. El muchacho había observado a menudo esta expresión en las caras de personas que habían perdido algo o a quienes había dejado el tren. Pero que un mayor tuviera confianza en él era un halago a su vanidad. No se sentía triste. Hizo un valeroso esfuerzo por asumir un aspecto melancólico. Pero el aire banal de una persona enamorada era difícil de soportar.
Por fin halló unas palabras de consuelo.
-Es terrible. Pero estoy seguro que de ello saldrá un buen poema.
R respondió débilmente:
-Este no es momento para la poesía.
-¿Pero no es la poesía una salvación en momentos como este?
La felicidad que causa la creación de un poema pasó como un rayo por la mente del muchacho. Pensó que cualquier pena o agonía podía ser eliminada mediante el poder de esa felicidad.
-Las cosas no funcionan así. Tú no comprendes todavía.
Esta frase hirió el orgullo del muchacho. Su corazón se heló y planeó la venganza.
-Pero si fueras un verdadero poeta, un genio, ¿no te salvaría la poesía en un momento como este?
-Goethe escribió el Werther -respondió R- y se salvó del suicidio. Pero sólo pudo escribirlo porque, en el fondo de su alma, sabía que nada, ni la poesía, lo podría salvar, y que lo único que quedaba era el suicidio.
-Entonces, ¿por qué no se suicidó Goethe? Si escribir y el suicidio son la misma cosa, ¿por qué no se suicidó? ¿Porque era un cobarde? ¿O porque era un genio?
-Porque era un genio.
-Entonces...
El muchacho iba a insistir en una pregunta más, pera ni él mismo la comprendía. Se hizo vagamente a la idea de que lo que había salvado a Goethe era el egoísmo. La idea de usar esta noción para defenderse se apoderó de él.
La frase de R, "Tú no comprendes todavía", lo había herido profundamente. A sus años no había nada más fuerte que la sensación de inferioridad por la edad. Aunque no se atrevió a pronunciarla, una proposición que se burlaba de R había surgido en su mente: "No es un genio. Se enamora".
El amor de R era sin duda verdadero. Era la clase de amor que un genio nunca debe tener. R, para adornar su miseria, recurría al amor de Fujitsubo y Gengi, de Peleas y Melisande, de Tristán e Isolda, de la princesa de Cleves y el duque de Némours como ejemplos del amor ilícito.
A medida que escuchaba, el muchacho se escandalizaba de que no había en la confesión de R ni un solo elemento que no conociera. Todo había sido escrito, todo había sido previsto, todo había sido ensayado. El amor escrito en los libros era más vital que éste. El amor cantado en los poemas era más bello. No podía comprender por qué R recurría a la realidad para tener sueños sublimes. No podía comprender este deseo de lo mediocre.
R parecía haberse calmado con sus palabras, y ahora empezó a hacer un largo recuento de los atributos de la muchacha. Debía de ser una belleza extraordinaria, pero el muchacho no se la podía imaginar.
-La próxima vez te muestro su retrato -dijo R. Luego, no sin vergüenza, terminó dramáticamente-: Me dijo que mi frente era realmente muy hermosa.
El muchacho se fijó en la frente de R, bajo el pelo peinado hacia atrás. Era abultada y la piel relucía débilmente bajo la luz opaca que entraba por la puerta; daba la impresión de que tenía dos protuberancias, cada una tan grande como un puño.
-Es un cejudo -pensó el muchacho. No le parecía nada hermoso. "Mi frente también es abultada", se dijo. "Ser cejudo y ser bien parecido no son la misma cosa".
En ese momento el muchacho tuvo la revelación de algo. Había visto la ridícula impureza que siempre se entremete en nuestra conciencia del amor o de la vida, esa ridícula impureza sin la cual no podemos sobrevivir ni en ésta ni en aquel: es decir, la convicción de que el ser cejijuntos nos hace bellos.
El muchacho pensó que también él, quizás, de un modo más intelectual, estaba abriéndose camino en la vida gracias a una convicción parecida. Algo en ese pensamiento lo hizo estremecerse.
-¿En qué piensas? -preguntó R, suavemente, como de costumbre.
El muchacho se mordió los labios y sonrió. El día se estaba oscureciendo. Oyó los gritos que llegaban desde donde practicaba el Club de Béisbol. Percibió un eco lúcido cuando una pelota golpeada por bate fue lanzada hacia el cielo. "Algún día, tal vez, yo también deje de escribir poesía", pensó el muchacho por primera vez en su vida. Pero todavía le quedaba por descubrir que nunca había sido poeta.
FIN

Mishima fue un escritor disciplinado y versátil.Su escritura le hizo adquirir fama internacional y un considerable seguimiento en Europa y América, y muchas de sus obras más famosas fueron traducidas al inglés.
Mishima preparó su suicidio meticulosamente durante al menos un año y nadie ajeno al cuidadosamente seleccionado grupo de miembros de la Tatenokai sospechaba lo que estaba planeando. Mishima debía haber sabido que su intento de golpe jamás podría haber tenido éxito y su biógrafo, traductor, y antiguo amigo John Nathan sugiere que fue solo un pretexto para el suicidio ritual con el cual Mishima tanto había soñado. Mishima se aseguró de que sus asuntos estuvieran en orden e incluso tuvo la previsión de dejar dinero para la defensa en el juicio de los otros 3 miembros de la Tatenokai que no murieron.
El suicidio de Mishima ha estado rodeado de mucha especulación. En el momento de su muerte acababa de terminar el libro final de su tetralogía El Mar de la Fertilidad, compuesta por las novelas Nieve de primavera, Caballos desbocados, El templo del alba y La corrupción de un ángel (esta última editada póstumamente), que, en su conjunto, constituyen una especie de testamento ideológico del autor, que se rebelaba contra una sociedad para él sumida en la decadencia moral y espiritual. Fue reconocido como uno de los más importantes estilistas del lenguaje japonés de posguerra.
Mishima escribió 40 novelas, 18 obras de teatro, 20 libros de relatos, y al menos 20 libros de ensayos así como un libreto. Una gran porción de su obra se compone de libros escritos rápidamente solo por los beneficios monetarios, pero incluso no teniendo en cuenta estos, seguimos teniendo una parte sustancial de su obra.
Aunque su fin puede haber pretendido ser algún tipo de testamento espiritual, la naturaleza teatral de su suicidio, las poses cursis en las fotografías para las que posó y la ocasional naturaleza patética de su prosa seguramente han perjudicado a su legado. Sin embargo, fuera de la academia las obras de Mishima siguen siendo populares tanto en Japón como en el resto del mundo.



miércoles, 13 de enero de 2010 2:50

James Joyce escritor Irlandes murio el 13 de Enero de 1941

My childhood bends beside me. Too far for me to lay a hand there once or lightly.  

Mi infancia se encorva a mi lado. Demasiado lejana como para que yo la toque una vez o levemente. 

(Fragmento Ulises de James Joyce escritor Irlandes murio el 13 de Enero de 1941)

Sobre su obra:

La comprensión de Ulises son su simbolismo épico basado en La Odisea, y también su atmósfera naturalista, fiel reflejo de la ciudad de Dublín. Así, la novela está basada metafóricamente en el esquema episódico que sigue La Odisea de Homero. De hecho, Joyce recomendaba a sus amigos que releyeran la epopeya griega antes de abordar Ulises. Existe en Ulises incluso un tributo al Hamlet shakesperiano, especialmente por lo que se refiere al personaje de Stephen Dedalus.

0:58

Yellow Submarine

Yellow Submarine (película)

De Wikipedia, la enciclopedia libre


Yellow Submarine es una película animada basada en la canción de The Beatles. Fue dirigida por el animador canadiense George Dunning, y producida por United Artists y King Features Syndicate. Los mismos Beatles aparecen sólo en el casi final de la película, con los Beatles animados doblados con otros actores.



Trama


Pepperland es un alegre paraíso musical bajo el mar, protegida por la Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, el cual cae bajo un ataque sorpresivo por los Blue Meanies (Malines Azules), quienes odian la música. Su ataque consiste en encerrar a la banda en una burbuja, paralizan a los ciudadanos y convertirlo todo en color azul.


El anciano alcalde de Pepperland envía al Joven Fred en un abandonado submarino amarillo para buscar ayuda. Fred llega a Liverpool, donde sigue al deprimido y cabizbajo Ringo y lo persuade para que lo ayude. Ringo procede a reunir a sus "amigos" John, George, y finalmente Paul. Los cinco viajeros parten a Pepperland en el submarino amarillo, pasando a través de varios episodios: Mar del Tiempo - donde el tiempo retrocede y avanza al ritmo de la canción "When I'm Sixty-Four", Mar de la Ciencia - donde cantan "Only a Northern Song", Mar de los Monstruos - donde el temible monstruo "aspiradora" aspira todo su entorno y a él mismo, Mar de la Nada - donde obtienen ayuda de un "hombre de ningún lugar", el "Doctor en Filosofía" Jeremy Hilary Boob, y cantan la canción "Nowhere Man". Ringo se compadece de él y lo lleva al submarino. Faldas de los Encabezados (o Mar de las Cabezas) - donde se separan del submarino y John canta "Lucy in the Sky with Diamonds", Finalmente, Mar de Agujeros - donde Jeremy es capturado por uno de los Blue Meanies. Después Ringo salta en un agujero verde (el cual se vuelve el Mar Verde), finalmente llegan a Pepperland.


Reunidos con el Viejo Fred y el submarino, imitan a la Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band y "alzan al país en rebelion", Jeremy es rescatado y todo florece y se vuelve colorido. Pepperland se restablece. Los Meanies son obligados a rendirse, John ofrece su amistad, a la que el Jefe Blue Meanie acepta. Finalmente una gran fiesta tiene lugar.


Al final del filme, Los Beatles hacen una aparición en Live-Action, al dia siguiente, con unos recuerdos (el minusculo motor del submarino, un poco de amor y medio hoyo). John advierte de la presencia de nuevos Blue Meanies y cantan un reprice de All Together Now, el cual finaliza con una variación del título de la canción en diferentes idiomas.


Este film fue vanguardista, excitante, algo realmente nuevo en el mundo de la animación y con un éxito muy grande. El argumento narra las peripecias de unos Beatles dibujados, sobre un universo irreal de fantasías psicodélicas, con seres y espacios evocadores de esta estética. Toda esta mezcla consiguió entusiasmar a los seguidores como nunca otra película lo había hecho, el alemán de origen checo Heinz Edelmann, fue un artista grande como pocos. Autor de las caricaturas más conocidas de The Beatles, las que mostraban al inolvidable cuarteto de Liverpool en su peripecia por Pepperland en El submarino amarillo (George Dunning, 1968), también lo fue de Curro, la mascota de la Exposición Universal de Sevilla en 1992.

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Autor: José Luis Claros López

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Versiario Invernal de un Desamor Primaveral. Cuarto Libro escrito por José Luis Claros López, antología de poesías.

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El Pirata del Pilcomayo y Otros Cuentos (Tercer Libro escrito por José Luis Claros López)

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