martes, 24 de marzo de 2020

Cine Argentino: El Impostor (1997)






Título original
El impostor
Año
Duración
99 min.
País
Argentina
Dirección
Alejandro Maci
Guion
Alejandro Maci, María Luisa Bemberg, Jorge Goldenberg (Novela: Silvina Ocampo)
Música
Nicola Piovani
Fotografía
Ricardo Aronovich
Reparto
Antonio Birabent, Walter Quiroz, Belén Blanco, Norman Briski, Mónica Galán, Marilu Marini, Eduardo Pavlovsky, Beatriz Matar

Ver la película:

El Impostor
Por José Luis Claros López


El mundo construido por Sebastián se derrumba como los cristales de un espejo roto, no solamente por el disparo que provoca que caiga el telón que protegía el ventanal de su habitación donde permaneció los últimos días encerrado y que había creado para el espectador la ilusión de ver todo en esa tonalidad de sepia que le brindaba seguridad, como los habitantes del pueblo de Cacharí en la estación mirando el eclipse detrás de máscaras de vidrío.

El espejo de la existencia de Sebastián naufragaba, sentía que la vida se le diluía entre las goteras del techo por esa razón intentaba retenerlas, se aferraba en el sueño al pasado, aunque decía que no podía soñar. Martín Buber dijo en "Ich und Du" que "es posible vivir en el simple pasado; es más sólo en él cabe organizar una vida", su madre incluso revela un detalle importante aquel mensaje que como sortilegio nos hace comprender el viaje místico realizado por Juan, que se presenta como el hijo del Doctor Medina, "antes estuve aquí, pero no sé cómo ni cuándo" al no poder encontrar Sebastián durante aquel inicio de la trama, dentro de su entorno la comprensión que necesitaba, el telegrama llevado por Teresita se lo reveló no le queda más que fabular con un personaje que lo comprenda, pero ese personaje lo va empujando a comprender y aceptar que vive una fuga permanente de la realidad sin saber a dónde lo llevará el destino, no se trata de locura montar un caballo ciego, es la necesidad por un lado de defender la vida de aquel mundo frívolo construido en consuetudinarios convencionalismos sociales y por el otro, de aferrarse a los idealismos para no ser solamente un reflejo en un espejo.

Pero, nadie muere de amor, creía Teresita, sin embargo, ella le regalaba sus mejores sonrisas a un ser que deseaba corresponderle, pero no encontraba todavía el consuelo a su lejana pérdida, es por eso que bendice que Medina desee corresponder a Teresita, hasta que al final cae preso del recuerdo manifiesto en alucinación de la mujer amada del pasado, un recuerdo protegido en el marco de un portaretrato. Al final ese aluvión de alucinaciones; son su cárcel. Mientras la vida, como las goteras del techo encuentran un camino y siguen su recorrido, pero Sebastián intenta mantener cautivas hasta las gotas de lluvia. Pobre Sebastián, incomprendido por una sociedad que considera los sentimientos idealizados del amor o también a la soledad como algo que contradice las leyes naturales de la vida en sociedad. Su pena de amor, es tratada como una enfermedad, solamente al retornar a sus recuerdos encuentra la paz, negada por un entorno familiar clásico, que ve aquel acto como un intento más de llamar la atención. Cuando en realidad, el personaje buscaba cicatrizar sus heridas, intentando escribir una confesión literaria relatada como un cuento, sólo para sus ojos porque sabe que no tiene suficiente apoyo y estímulo para dedicarse a la profesión de escritor. Cuando ambos personajes Juan y Sebastián, se ven juntos en el espejo de la habitación, nos revelan todo ya no pueden continuar “no me mientas más” espeta Sebastián confesando su locura. Entonces, el impostor es él, no por un temor, de ser lo que es, sino porque antes tuvo miedo “no pude ayudarla” confiesa, cuando rememora el instante fatal cuando su amada María Olsen, murió ahogada en las aguas de la laguna de la Estancia “Los cisnes”.

Es también la historia, de otro impostor, que se transforma en su amigo y en su espía espiado. Así él ya no tiene que continuar como un observador viendo la vida pasar. Pero el inevitable, tiempo del arribo del médico Medina que aparentemente sería quién está curando o pretendiendo sanar a Sebastián desencadena el final.

Todos somos impostores, sobre todo en ésta época de virtualidad, cuando pretendemos aparentar felicidad por mantener los convencionalismos sociales al tener la ventana abierta y preferir eso a ser visto por los vecinos, llorando con el alma expuesta. Al final, el personaje no solamente sucumbe a la muerte por su propia mano, sino que también tenía razón la sociedad no puede leer entre líneas. Tanto el comisario, que al terminar de leer el manuscrito cree realmente que había existido un hijo del Dr. Medina y que quizás sería el instigador de la muerte de Sebastián, hasta su padre del personaje que simplemente hojea las páginas con indiferencia. Mientras la carroza se va lejos, queda en el recuerdo la escena del dialogo final entre Teresita y Juan Medina, cuando ella sufre porque no puede ocupar el lugar del otro amor, más allá de la idealización del primer beso. Ella representaba la realidad, por eso le increpa a Juan (que no es otro que Sebastián) que también él sabe que sucedió con María, “dicen que se mató por amor, pero yo no creo en esas cosas” confiesa. Pero la vida continua y vale la pena vivir, aunque a veces tenemos miedo a viajar, a soñar o a volver a enamorarnos, en lugar de acabar en un ataúd en vida, deberíamos gritar igual que José interpretado por Héctor Alterio en "Caballos Salvajes" (1995) "la puta que vale la pena estar vivo" y es que solamente la vida puede vencer a la muerte, por eso los cisnes retornan al final a nadar en las aguas azules de la laguna.

Descargar el cuento El Impostor de Silvina Ocampo




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